CUCHILLO DE PALO

17 diciembre, 2009

(Si no le ven gracia, esperen a leer lo que queda)

Como ya sabrán, con la decisión de Bruselas de no aprobar la Orden por el procedimiento de urgencia, se crea un vacío legal en la industria cinematográfica, ya que la nueva orden derogaba la legislación anterior en el momento de su publicación en el BOE. De manera que, a nada que Bruselas se tome su tiempecito para decidir, las ayudas de 2010 se retrasarán, porque no habrá legislación que las regule. Lo que significa que habrá que posponer rodajes. Quizá cancelar otros. Como diría Forges, la jibamos.

Y para no variar las costumbres de este santo país, se han creado dos bandos al respecto. Hay que estar con la Orden, o contra la Orden. Y como siempre, servidor no encaja en ninguno. No me gusta la Orden ni los argumentos de sus defensores, pero tampoco comulgo con los Cineastas contra la Orden (¿CCLO?). No soporto esa banalidad de ponerse nombrecitos. Y me saca de quicio que no tengan un mísero sitio en Internet donde decir qué quieren, por qué hacen lo que hacen, y ya de paso, publicar una lista con todos los firmantes.

Buscas “cineastas contra la orden” en Google y lo primero que te aparece es esto:

Y de eso, en realidad, es de lo que yo quería hablar. La declaración completa de Gerardo Herrero es:

Esta decisión de Bruselas ha sido producida por la idiotez de algunos de los Cineastas contra la Orden que no tienen ni idea de lo que hacen y tiran piedras contra su propio tejado. Muchos de esos firmantes lo único que saben es chupar del bote y hacer películas que no interesan a nadie.

Podríamos llamarla la Declaración Universal del Cine Español, porque igual que la soltó Gerardo Herrero, la podría haber soltado cualquiera: mi portera, un crítico de provincias, o Federico Jiménez Losantos. Contiene dos de los clichés clásicos que la derecha atribuye al cine español: que “chupa del bote” y “no interesar a nadie”.

Todo este asunto me recuerda al episodio de Santi Santamaría contra Ferrán Adrià y otros. Fue a mediados de 2008, durante la presentación de un libro de Santamaría, el cocinero español con más estrellas Michelin. Allí, Santamaría arremetió contra la “mcdonaldización” de la cocina, que por lo visto encarnaba Ferrán Adrià y “su cohorte de seguidores”. Ferrán Adrià tuvo el buen tino de evitar la confrontación, pero sí entraron a comentar el asunto tanto Juan Mari Arzak (“lo que ha dicho Santi Santamaría es una bobada”) y Andoni Luis Aduriz (“lo que pasa es que Santamaría está reclamando un mayor reconocimiento”). Y al igual que ha pasado con lo de Gerardo Herrero y Cineastas contra la Orden, toda la prensa se puso cachonda. No sólo por el olor a sangre, que vende mucho, sino porque la alta cocina también es otro terreno fértil para criar tópicos absurdos: que si todo es química, que si los platos son muy grandes pero la comida muy pequeña, que si donde estén dos huevos fritos que se quiten esas chorradas. Todas esas tonterías que se desmienten yendo a cenar a Mugaritz, o yendo a ver Celda 211.

A mí, que sigo las estrellas Michelin como si fueran la de Belén, el exabrupto de Santi Santamaría me afectó bastante, pero apenas tenía amigos con quien comentarlo. Casi todos me decían que era imposible saber quién lleva la razón en una discusión tan específica. Hay que saber de alta cocina para opinar, decían. Al fin y al cabo, todos los implicados en la discusión son grandes profesionales de la alta cocina.

Imagino que ahora también hay mucha gente que pensará que hay que estar en el mundillo del cine para saber quién lleva razón, si Gerardo Herrero o Cineastas Contra la Orden.

Pero no. Sólo hay que recopilar datos significativos. Datos que tengan valor incluso para la gente que no sabe nada de cine. O de cocina. Por ejemplo: en Can Fabes, el restaurante de Santi Santamaría, te cobran 10 euros por el pan.

¿Ven? Un dato concluyente. Una prueba irrefutable. Un tío que cobra 10€ por el pan no puede tener razón en nada. Si a eso añadimos que el propio Santamaría llegó a decir que “somos una pandilla de farsantes que trabajamos por dinero para dar de comer a ricos y snobs”, pues está claro lo que ocurre aquí: este señor, siendo un excelente cocinero y todo lo que tú quieras, está más quemado que la moto de un hippy, y necesita urgentemente unas vacaciones en un balneario, porque el estrés le ha hecho perder las formas.

Y que el niño del Metro de Valencia pierdas las formas no es noticia. Y además tiene su gracia. Pero que las pierda el cocinero con más estrellas Michelin de España, es lamentable. Y muy sintomático. Pero dejemos al cocinero español con más estrellas Michelin y volvamos al productor español con más adaptaciones de Almudena Grandes.

Gerardo Herrero

Otro gran profesional, con un curriculum que quita el hipo. Precisamente por eso sus exabruptos son especialmente desafortunados. Al igual que la salida de Santi Santamaría se tradujo en un descrédito hacia todo el sector de la alta cocina, resulta muy perjudicial que uno de los más importantes productores de España no sepa mantener las formas a la hora de discutir sobre asuntos cruciales para la profesión. Una cosa es dar un puñetazo en la mesa en una reunión de vocales de FAPAE, pongo por caso, y otra muy distinta echarle carnaza a la prensa. Lo último que necesita el cine español es que esas pirañas vuelvan a la carga con sus frasecitas de manual: que si “el sector está en pie de guerra”, que si “la polémica está servida”. Pero ¿cómo se le ocurre usar expresiones como “películas que no le interesan a nadie” o “chupar del bote”, que sólo sirven para hacerle el juego a la derecha más reaccionaria? Si eso no es tirar piedras contra su propio tejado…

Para mí, esa manera de perder las formas sería suficiente para concluir que Gerardo Herrero es el que se equivoca en toda esta discusión. E incluso para concluir que debería buscarse algún spa/wellness donde relajarse quince días. Pero les voy a ofrecer un dato verdaderamente concluyente. Algo como lo del pan a diez euros.

Hace un par de años, una directora, amiga de una amiga, me llamó para preguntarme si querría escribir una “comedia loca” que estaba preparando para Gerardo Herrero. La idea de Gerardo Herrero haciendo comedia me pareció cómica de por sí, así que accedí.

Unos días después, me presenté en la oficina de Tornasol, ahí en Santo Domingo, a hablar con el Gran Jefe. La amiga de mi amiga tenía que haberme enviado previamente unas notas que tenía sobre la idea central de la peli, pero se le debió de olvidar, así que llegué allí sin saber nada del proyecto. Lo primero que me dijo Gerardo Herrero (antes que hola) fue:

Si no te lo has leído, ¿qué haces aquí?

Yo ya estaba pensando que iba a ser la reunión más breve de mi vida, pero la amiga de mi amiga insistió en que no costaba nada imprimir las notas en un momento -era medio folio- y que me lo leyese corriendo.

Así que allí estoy, en la sala de espera de Tornasol, leyéndome las notas para una comedia loca, y viviendo otra. A los cinco minutos, me hacen entrar en el despacho del GH. Me pregunta qué me parece, y le digo mi opinión. Le explico cómo enfocaría yo la historia, el tipo de humor que haría con ella, y el tipo de desenlace que me gustaría escribirle. GH y la amiga de mi amiga se miran. Les gusta lo que digo. Era justo lo que ellos pensaban. La cosa va bien.

Y entonces Gerardo Herrero va y me cobra diez euros por el pan. O algo equivalente (y me van a permitir que pase al formato guión):

INT. DESPACHO DE GERARDO HERRERO – DÍA

GERARDO

Bueno, ¿me escribes un tratamiento a ver qué tal? Veinte, treinta páginas.

PIANISTA

Claro. ¿Me mandas el contrato por email?

GERARDO

¿Cómo? No, no… Antes tengo que ver cómo escribes.

PIANISTA

Coño, treinta páginas para ver cómo escribo… ¿No te vale mi curriculum? ¿No te vale esta entrevista?

LA AMIGA DE MI AMIGA

Gerardo, me parece que no te haces una idea de lo que esta gente gana escribiendo para la televisión.

GERARDO

Ah, ¿sí? ¿Cuánto ganas, a ver, cuánto ganas?

PIANISTA

Lo suficiente como para no escribir tratamientos gratis.

Ahí lo tienen, amigos. Ése es el dato concluyente: que un tío que ha producido cien películas intente sacarle tratamientos gratis a un guionista profesional, que además le llega recomendado; eso y no otra cosa, es no tener ni idea de lo que se hace.

En cuanto a la idiotez… Probablemente me equivoque, porque yo no sé gran cosa de leyes. Pero me parece que la verdadera idiotez ha sido derogar la legislación anterior en el momento de publicar la nueva en el BOE, en vez de hacerlo al entrar en vigor.

Pero qué voy a saber yo, que sólo soy un guionista de televisión.


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