PETER FLEMING: ¿EL CAMINO PARA UN MEJOR EQUILIBRIO ENTRE TRABAJO Y VIDA PRIVADA? LOS SINDICATOS, NO LA AUTOAYUDA.

5 diciembre, 2016

Peter Fleming es profesor de la Cass Business School, y ha ocupado cargos en la Universidad de Cambridge y en el Queen Mary University of London.

Este interesantísimo e ilustrativo artículo, publicado por él originalmente en The Guardian, nos habla de la importancia que tienen los sindicatos en un momento en el que jornadas laborales son cada vez más largas y despiadadas. Como bien reza el título del artículo, si quieres perseguir un equilibrio entre vida privada y trabajo la solución no son los libros de autoayuda, son los sindicatos.


¿El camino para un mejor equilibrio entre trabajo y vida privada? Los sindicatos, no la autoayuda.

Título original:  The way to a better work-life balance? Unions, not self-help.

Texto original de Peter Fleming. Traducción de Nico Frasquet. 

Bienvenido al mundo del capitalismo 24/7, donde algunas personas incluso trabajan mientras duermen. ¿Por qué somos tan sumamente adictos al trabajo y qué podemos hacer al respecto?

En un relato fascinante sobre la adicción al trabajo, Melissa Gregg nos habla de Miranda, gerente de precios de una empresa de telecomunicaciones.

Miranda tiene un grave accidente de moto. Cuando su marido llega al hospital, ella apenas es consciente y solo es capaz de articular en susurros algunas palabras. Lamentablemente no es a sus hijos a quien van dirigidas. Y es que lo primero que Miranda quiere es llamar a la oficina porque probablemente mañana no pueda hacer la presentación que debía hacer; aunque si le mandan un portátil a la sala de emergencias verá que puede hacer para salvar la situación. Esta anécdota puede parecer inquietante, pero no es tan sorprendente.

El exceso de trabajo se ha convertido en una epidemia en el mundo occidental; Las autoridades sanitarias lo sitúan al mismo nivel que fumar cigarrillos en lo referente al daño que causa a la salud. Y el daño que ocasiona en la vida social puede ser igual de malo. ¿Qué podemos hacer al respecto?

Es importante darse cuenta que el problema de no saber compaginar el trabajo con la vida privada no es nuevo. Cuando trabajo y vida privada se separaron durante la revolución industrial, la primera lucha de los trabajadores fue reducir la duración de la jornada laboral, porque estar durante 17 horas al día, seis días a la semana dentro de una fábrica no era tener vida en absoluto. Y es que, de acuerdo con Karl Marx, la batalla sobre cuando uno entra a trabajar (o no) vendría a definir el sistema capitalista, y no estaba equivocado.

Actualmente están emergiendo ciertas tendencias que están comenzando a extender nuevamente, y de manera extraoficial, la jornada laboral. Ahora, a menudo, resulta imposible distinguir el trabajo del no-trabajo. Por ejemplo, pasar el domingo por la noche preparándonos para la jornada del lunes. ¿Eso es trabajo? Pues más o menos, pero eso no está remunerado y no hay jefes alrededor. Entonces quién sabe…

Con esta ambigüedad comprobamos cómo surge el capitalismo 24/7, en donde la gente trabaja hasta en sueños. Y no me refiero a simplemente soñar sobre trabajo, sino directamente intentando comprender códigos y algoritmos mientras duermen.

A menudo pensamos que todo el mundo trabaja tanto porque necesita el dinero. Esto puede ser correcto en cierta manera, dado cómo los ingresos se han estancado y el coste de vida se ha disparado en gran parte del mundo occidental. Pero otros cambios también han ayudado a esta progresiva colonización de la vida privada por parte de nuestros trabajos.

En primer lugar, hay que señalar que no todo el mundo trabaja, ya que en muchos países hay un alto nivel de desempleo. Lo que parece haber ocurrido es que los trabajos están distribuidos de manera muy desigual, lo cual se traduce en menos gente realizando más trabajo. Y aquellos atrapados en este inevitable cuello de botella están empezando a sentir los estragos.

En segundo lugar, la tecnología juega un papel fundamental dado que siempre estamos conectados – a veces, de manera obsesiva, incluso comprobamos el correo electrónico cuando ni siquiera es necesario. Algunos estudios han calculado las horas extras no pagadas para acabar descubriendo que los empleados pasan más tiempo trabajando en casa que tiempo disfrutando de sus vacaciones a lo largo del año.

En tercer lugar, la tendencia popular de reclasificar a las personas como trabajadores autónomos y contratistas fomenta el exceso de trabajo, porque sólo se les paga por las horas dedicadas de forma directa. Debido a que estos sueldos suelen ser inferiores a los de un puesto de trabajo normal (objetivo principal de la reclasificación), al final las personas se encuentran trabajando sin parar para poder llegar a fin de mes. Este sistema flexible de empleo al principio se nos vendió como el camino hacia un mayor tiempo libre y una mayor autonomía; básicamente, todos nos íbamos a convertir en emprendedores adinerados como Richard Branson. Pero, en realidad, ha acabado siendo una broma macabra.

Y, en cuarto lugar, nuestra sociedad está atrapada por una penetrante ideología del trabajo. Somos sermoneados continuamente con que el trabajo es la cumbre de la virtud humana. Si no estás haciendo esfuerzos sobrehumanos en la oficina, es que tienes un problema. Y no se te ocurra mencionar la palabra “desempleo” … ¡Esa palabra está prohibida!

La faceta más preocupante de esta ideología del trabajo es esta: estamos obligados a trabajar aun cuando ni siquiera es necesario en términos concretos y económicos. Parecer súper ocupados se convierte más en cumplir una expectativa social que en hacer algo útil, lo cual puede desembocar en problemas mayores.

Irónicamente, las personas que son alentadas a verse como si siempre estuviesen haciendo algo se acaban convirtiendo en las menos productivas. Investigaciones recientes han demostrado de manera convincente que el descanso y las jornadas de trabajo más cortas nos permiten hacer el trabajo mucho más rápido y de manera más inteligente en comparación con las crueles e innecesarias jornadas maratonianas que se han convertido en la norma.

Por todo esto, algunos trabajadores fingen que están trabajando todas esas largas horas porque de otra forma sería imposible lograrlo. En este sentido, un estudio estadounidense probó que algunos trabajadores hasta llegaron a idear formas muy ingeniosas para dar la sensación de que conseguían hacer un total de 80 horas semanales.

Claro, este camuflaje corporativo les permitió recoger a sus hijos del fútbol e incluso almorzar. Pero tal vez también ayudó a que el trabajo se realizara con éxito y a tiempo. Aquí vemos que la productividad (realizar una tarea bien) y la cultura del trabajo (trabajar hasta altas horas) no siempre van de la mano.

La mayoría de los contratadores se dan cuenta de que algo no funciona, pero la ideología del trabajo parece más fuerte que nunca. Algunas personas incluso se han autoconvencido de que adoran estar casados con su trabajo, lo que los investigadores etiquetan como “entusiastas adictos al trabajo”. Es muy difícil razonar con ellos, porque ni siquiera pueden pensar en vacaciones sin tener un ataque de pánico.

El problema con muchos de los consejos para equilibrar la vida y el trabajo es que han acabado mezclados con el concepto de autoayuda, movimiento que hace que todo se centre en el individuo. Proponen que si quieres reavivar tu bienestar y descubrir tu potencial interior, debes tomar el control de tus acciones, encontrar un trabajo que se adapte a tu temperamento, establecer fronteras firmes entre trabajo y ocio y aprender a decir que no.

Al final, esto acaba dando una imagen bastante poco realista de la mayoría de los trabajos, y si se toman en serio estos consejos lo más probable es que acabe llevando directo al paro. En otras palabras, los gurús del equilibrio entre vida laboral y vida privada asumen que todo el mundo es un creativo de mediana edad, que vive en Londres con una fortuna familiar de la que poder disponer en caso de urgencia, y que está firmemente en su derecho de decirle al jefe “¡Oye, no me molestes!”. Ya, claro…

El truco está en entender el ritual del exceso de trabajo como una presión social, no como un problema individual. Y gran parte de esta presión proviene de la falta de poder de la fuerza laboral que se ha producido en los últimos 20 años. La inseguridad –  real o imaginada – hace más probable que la gente sacrifique todo por su trabajo. Es por eso que lidiar con la obsesión por el trabajo como individuo es absurdo, tenemos que apoyarnos en grupo para expresar estas preocupaciones si se va a forjar una política y una legislación progresistas. De lo contrario, poco va a cambiar.

¿Quieres un mejor equilibrio entre trabajo y vida privada? ¡Únete a un sindicato! O mejor aún, créate el tuyo propio. Pero evita la sección de autoayuda de la librería del aeropuerto, pues intenta fingir que la ideología del trabajo puede domarse con la voluntad individual; pero no, no puede.


La versión original del artículo la podéis encontrar en este enlace: https://www.theguardian.com/careers/2016/oct/11/way-to-better-work-life-balance-unions-not-self-help


QUÉ COSAS HACE LA GENTE QUE LO PETA MÁS QUE TÚ.

31 agosto, 2016

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Si eres guionista y estás empezando, es lógico que pienses que eres el mejor. ¡El puto amo! Llevas toda la vida escuchándolo. Cuando escribiste ese poema lleno de ripios en el cole, tus padres se lo enseñaron al resto de la familia y entre todos proclamaron que eras especial, que estabas destinado a llegar lejos.

Luego hiciste aquel corto amateur que ganó el primer premio en el festival de tu pueblo. “Vas a ser el nuevo Amenábar“, profetizaron tus colegas, pero a esas alturas tú ya dabas por sentado que Amenábar era basura comparado contigo.

Saliste del instituto dispuesto a merendarte el mundo, atravesaste esa fase que en su día bauticé como “la edad del pavo del artistilla” y, cuando por fin te dieron el diploma de turno y llegó el momento asomarte al mundo real para probar tu valía, enviaste tus guiones a una decena de productoras, dando por hecho que alguna de ellas se rendiría a tus pies.

Por alguna extraña razón, no sucedió.

Escudriñabas las webs de Anagrama, Vertele, Fotogramas… y siempre era algún otro quien conseguía ese éxito que, si el mundo fuera justo, te correspondería a ti.

En muchas ocasiones los artistillas de nuestra calaña se quedan prisioneros en ese bucle hasta el fin de sus días, pero si tienes suerte (y espero que la tengas) la vida te demostrará que…

… igual no eres tan bueno COMO TE HAN HECHO CREER. Esos titubeos pueriles que aplaudían tus familiares podían petarlo en el jardín de infancia, pero ahora estás jugando en la puta arena de los gladiadores.

En los casi 10 años que llevo flirteando con el mundo de la tele he hecho no sé cuántas pruebas de guión para distintos programas y series. El 80% de esas pruebas no dieron ningún fruto. Las primeras veces pensaba que el mundo era injusto, que la gente que tomaba las decisiones era demasiado obstusa y no apreciaba mi “talento”.

Luego, con el paso de los años, fui coincidiendo en distintos trabajos con otros guionistas que, ya sea por divina providencia, ya sea porque nuestro gremio es una casa de putas, resultaron ser precisamente esas personas que habían sido elegidas en todos aquellos curros en los que mis pruebas de guión fueron rechazadas. Gracias a eso descubrí por qué en el pasado habían llamado a esos guionistas en lugar de a mí:

Porque son mejores que yo.

Así de simple. La mayor parte de las veces que curro con un guionista y acabo pensando “qué bueno es este cabrón” (o cabrona) me entero al poco tiempo de que ésa fue una de las personas que, años atrás, en cierto programa o cierta serie, eligieron en vez de a mí.

Creo que no soy del todo mal guionista ni hago del todo mal mi trabajo, pero seamos realistas: El mundo es demasiado grande y hay MUCHA gente en él que es muy, muy buena. Ganarás en salud y felicidad si asumes eso: El mundo no conspira contra ti. Es sólo que hay decenas de individuos que lo hacen mejor que tú.

Una de las virtudes que suelen tener esos guionistas que lo petan más que nosotros es:

Dejarse de chorradas e ir al grano. Yo no sé hacerlo. Si supiese hacerlo habría empezado este post diciendo que mi intención era precisamente ésa: la de enumerar cuáles son las virtudes de la gente que lo peta más que nosotros.

Está bien, ya sabemos que una de ellas es “ir al grano”. Éstas son las demás:

– Son MUY trabajadores.

Es un hecho: La mayoría de la gente que se queja porque su talento no está siendo valorado como merece rara vez hace gran cosa para merecer valoración alguna.

Los guionistas que lo petan más que tú normalmente se lo curran más que tú. Revisan sus guiones una y mil veces, corrigiendo erratas, agujeros, puntos débiles. Les llamas para que se tomen una caña contigo y, muy a su pesar, rechazan el planazo porque tienen que preparar una reunión o responder un mail.

Los guionistas que lo petan más que tú también reciben críticas negativas cuando exponen  sus guiones en sus círculos de confianza. La diferencia está que en que tú reaccionas a esas críticas diciéndole a tu colega: “Muchas gracias. Tus comentarios me parecen súper útiles“… y acto seguido los tiras a las basura y no cambias ni una coma de tu guión, mientras que la gente que lo peta más que tú, cuando recibe críticas de ese tipo, intenta aprovecharlas para escibrir una versión mejor.

La gente que lo peta más que tú revisa sus textos para evitar gazapos como el del párrafo anterior, en el que he tecleado “escibrir” en lugar de “escribir”.

– Disparan con MUCHA puntería.

Los guionistas que lo petan más que tú tienen un sexto sentido que les ayuda a saber qué batallas deben librar y en cuáles no merece la pena perder el tiempo.

Es posible que tú, con tu romanticismo de mierda, decidas apostar por la gacela coja, porque te gustaría vivir en un mundo en el que las gacelas cojas también puedan triunfar. Pero la gente que lo peta más que tú es consciente de que el mundo funciona como funciona, y no como a ellos les gustaría que funcionase. Los guionistas que lo petan más que tú no son adictos al fracaso.

Algunos triunfadores tienen un ego del tamaño de Júpiter, e incluso cabe la posibilidad de que dicho ego les haya ayudado a llegar a donde están, pero la mayoría de los guionistas de éxito que conozco son más bien humildes: Veneran a más gente de la que desprecian, padecen una inseguridad casi patológica, van por la vida como si todavía les quedase todo por aprender…

… pero valoran su trabajo.

La gente que lo peta más que tú no se vende demasiado barata o, como mínimo, no regala su tiempo a timadores, ni a gacelas cojas.

Conozco gente que ha escrito decenas de guiones pero no ha vendido ninguno. Sus obras van a parar a un cajón cerrado bajo llave o acaban siendo usadas para limpiarle el culo al rocín de Don Quijote. Sólo les falta colocarse en la calle Montera con una minifalda y un portátil dispuestos a  mamársela en Courier 12 a cualquiera que les pida arremeter contra el molino de viento más cercano. ¡Qué cojones! Yo soy uno de ésos…

Da igual lo bien o mal que escribas: Cien mil euros apostados al caballo perdedor son cien mil euros tirados a la basura.

¡Valora tu trabajo!

¡No lleves a tu criaturita a jugar al parque de los yonkis!

Pero antes de todo eso, recuerda el apartado anterior: No basta con apuntar bien. Primero debes tener buena munición. ¡Cúrratelo! Déjate la sangre y el sudor en lo que haces. Y también la ilusión, si no es mucho pedir.

– Caen MEJOR que tú.

Si llevas tiempo en esto te habrás dado cuenta de que la mitad de los trabajos en el mundo del guión se consiguen por enchufe…

¡¡MENTIRA!!

Se consiguen por recomendación personal, que no es lo mismo.

Tiene su lógica: Hablamos de un curro que cosiste en encerrarte con otra media docena de personas en una sala a compartir ideas… durante seis, ocho, doce horas. Hablamos de un curro en el que la decisión final del coordinador ha de ir a misa (porque no existen baremos objetivos para definir qué es correcto y qué no lo es) En esas circunstancias no sólo se valora el supuesto talento del candidato. Se valorará en igual o mayor medida que sea capaz de generar buen ambiente, que trabaje bien en equipo, que no se deje dominar por la soberbia o por el ego. No hay nada que tranquilice más a un jefe que saber que no está contratando a un puto loco, o a un arrogante conflictivo de mierda, o a un sociópata de los cojones.

Es por ello que esa gente que lo peta más que tú… esa gente que fue elegida en tu lugar porque su prueba de guión fue mejor que la tuya… suele ser a su vez la misma gente que entra antes que tú a ciertos lugares… “por recomendación personal”.

Llegados a este punto, ¿qué podemos hacer para petarlo como lo peta la gente que lo peta más que nosotros? El primer paso está en admitir que aún no somos ese tipo de gente. El segundo paso está en preguntarnos: ¿Realmente estamos dispuesto a serlo?


REALIDADES QUE HAY QUE ASUMIR PARA NO SER UN GUIONISTA AMARGADO

22 febrero, 2013

amargado

Por Natxo López

Tus ideas no son tan, tan brillantes. Ni tus diálogos. Ni tus tweets.

Ser muy sarcástico y mordaz no asegura que seas talentoso.

No vas a ser famoso.

No vas a hacerte rico.

Te culparán por errores de casting, de dirección, de producción y hasta de cátering.

Aparte de los tuyos propios como guionista, claro.

No puedes ser un gran guionista con 20 años.

No puedes ser un gran guionista con 30 años.

Difícilmente vas a ser un gran guionista con 40 años.

Esto lleva tiempo. El momento álgido de tu talento como guionista estará en ese preciso instante justo antes de que empiecen los primeros síntomas de Alzheimer.

Te invitarán a un cinco por ciento de las fiestas de rodajes.

No vas a follar por ser guionista. No hay actrices tan tontas, es sólo un chiste.

Tus familiares de más de 60 años no entenderán a qué te dedicas.

Como decía David Muñoz, al menos el 80% del dinero que ganes por tu trabajo lo obtendrás por escribir/reescribir historias ajenas.

Ninguna droga te ayuda a escribir mejor. Como mucho, el café. Y con contraindicaciones.

Tu infancia no le interesa a casi nadie.

Tus movidas chungas con tus parejas, tampoco.

Una parte importante de tus derechos de autor será para gente que no se la merece.

Gran parte del mérito de tu trabajo se lo llevarán otros.

Muchas de las habilidades que crees tener como guionista no son para tanto.

Muchos de los defectos, tampoco.

Por mucho talento que puedas tener, siempre vas a necesitar trabajar muchas horas. Nada de “llegar” y echarte a la bartola.

Gran parte del secreto para vivir del guión consiste en ser paciente, zen, tenaz, persistente.

Nunca serás Woody Allen.

Aunque te cayera un rayo de kriptonita que te hiciera escribir igual que Woody Allen, nadie se daría cuenta. Mucho menos tú mismo.

Trabajarás principalmente con gente poco estilosa en el vestir.

Hay muchos tontos y gilimemos y malrolleros con éxito.

Pero ellos no tienen la culpa de tus fracasos.

Para un actor, un productor o un director es relativamente plausible saltar a Hollywood si se tiene talento y ganas. Para un guionista que no tenga el Inglés como idioma materno es casi una utopía.

Latinoamérica está muy lejos.

Los tiempos y las modas cambian constantemente. Sin embargo las maneras de trabajar de la industria se mueven más lentas que las placas tectónicas.

No vas a cambiar el mundo con tus guiones.

Caerle bien a un productor suele ser mucho más rentable que escribirle magníficos guiones.

Escribirle magníficos guiones es mucho más meritorio.

Llegado un momento tendrás que luchar contra tus propios impedimentos físicos. La hipermetropía, la vista cansada, la escoliosis, los pies hinchados, las hemorroides y la tensión alta empezarán a ser algunos de tus mayores enemigos.

Ver muchas series y películas no implica directamente convertirte en mejor guionista. Aunque sea imprescindible hacerlo.

Estar al tanto de todos los estrenos y saberte de memoria las filmografías no te hará mejor guionista.

Tendrás que soportar todo tipo de críticas a tu trabajo, al mismo tiempo que deberás morderte la lengua a diario para no criticar trabajos ajenos, no sea que alguien se mosquee, que tú quién te has creído.

Habrá compañeros que te traicionarán para medrar.

Decepcionarás a bastante gente.

Cualquier buen chiste que se te ocurra ya lo ha hecho alguien antes en twitter.

Cualquier buen sketch ya lo habrán hecho mucho mejor en SNL.

Cualquier buena trama, en Los Simpsons.

Hoy con Internet ya no se puede copiar impunemente.

Escribir un blog de guión no da de comer.

Rodar cortos no da de comer.

Escribir guiones personales no da de comer.

Ganar premios no da de comer.

No se puede ser buen guionista y buen empresario a la vez, son dos ocupaciones que exigen demasiado per se.

Los guionistas no damos pelotazos. Eso es cosa de actores y directores. Podrás tener éxitos, no pelotazos.

Los guionistas españoles no vamos a lograr unirnos para convocar huelgas o lograr mejoras laborales. Al menos no en un futuro cercano.

Éste no es un trabajo donde se viaje.

Éste no es un trabajo donde te aplaudan.

El 99% de las películas no surgen de un guión ni de una idea.

Vas a ser un quejica gran parte del resto de tu vida.

Vas a quejarte porque te llaman quejica.

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RECOPILANDO ALGUNAS COSAS QUE PODRÍAS HACER PARA SER MEJOR GUIONISTA (Y QUE NO TE APETECEN NADA)

27 junio, 2012
Por Natxo López

– Deja de ver películas o series dobladas. Cero. Sólo VO. Sé intransigente. Si tu pareja se niega, sobórnala, hipnotízala o cambia de pareja.

– Aprende inglés, al menos un nivel suficiente para poder seguir un film, una charla, un libro.

– Escribe guiones de todo tipo, géneros distintos, teatro, cortos, ciencia ficción, webseries, culebrones… Cualquier cosa, incluso aunque sepas que no se van a rodar. Escríbelas por el mero placer de escribirlas.

– Escribe comedia, inténtalo. Si consigues ser capaz de escribir una buena comedia, podrás escribir cualquier cosa.

– Aunque no quieras ser director, rueda algo de vez en cuando. Actúa, también.

– Pásate todo lo que puedas por los platós donde se ruedan tus guiones. Habla con todo el mundo. Pregunta. Investiga. Moléstate.

– Lee periódicos cada día. Ve informativos. Bucea por Internet.

– Busca tú las historias, no esperes que te lleguen a ti. Tampoco las ofertas laborales.

– Acude de vez en cuando a lugares y ambientes donde, en principio, no pintas nada, ya sea un peligroso suburbio o una fiesta pijísima. Observa a la gente, escucha cómo hablan.

– Imparte clases. Pocas cosas enseñan más que obligarse a enseñar a otros.

– Dentro de tus posibilidades, acude a clases, cursos, charlas. Todo el mundo te puede enseñar algo.

– Escribe un blog. Aunque sólo sea para ti y tus cuatro amigos.

– Si crees que un guión en el que participas no está bien, debes decirlo. Forma parte de tu trabajo. Te encontrarás con gente a la que no le gustan las críticas, pero la mayoría te lo agradecerá: no hay nada peor que un falso adulador que apuntala un error que provocará un fracaso.

– Nunca pierdas la educación, en los asuntos de guión es normal, y beneficioso, discrepar. No grites a nadie. No insultes. No entres a la provocación. Dialoga. Argumenta. Y, si no convences, cede. Aunque tengas razón.

– Abre distintos frentes, colabora con gente variopinta, intenta aprender de todos ellos.

– Escucha atentamente la opinión de quien dirige.

– No escribas a lo loco. Párate a pensar para qué y por qué escribes cada frase que escribes. Si la pones por mero valor estético o por puro capricho, que sea una decisión consciente y mesurada.

– Escribe para producción y para beneficio del resultado final. De nada sirve plasmar sobre el papel una manifestación multitudinaria si luego te van a poner a 7 tíos con una pancarta en un plano cerrado.

– No busques siempre, en todo, un interés económico. Métete en movidas porque te apetece, porque te gustan, porque alguien te cae bien. El dinero no es lo único que se puede ganar en esta profesión.

– Muestra tus guiones. Acepta las críticas con deportividad.

– No juzgues a un colega rápidamente si algo que te propone no te gusta. Dale tiempo, intenta entender su forma de pensar y de escribir.

– No juzgues a un colega por su currículum, ni para bien ni para mal, es injusto. Júzgale por su trabajo.

– No busques la amistad por interés. A la larga es muy perjudicial.

– Lee los guiones que te pasen tus colegas.

– Pero a veces no tienes tiempo, ni fuerzas, para leer todo lo que te pasan. Dilo claramente.

– Ve menos futbol. Ve menos culebrones. Ve menos concursos. Ve menos realitys.

– Reflexiona sobre tus guiones. Machácalos lo que haga falta.

– Reflexiona sobre los guiones de las películas y series que te gustan, discute de ellos con tus amigos y colegas, especialmente con aquellos que no son guionistas.

– Escribe con pasión, pero que tu razón filtre siempre. Las mayores mierdas en la historia del audiovisual las ha hecho gente con mucha pasión y muy poca cabeza. “Ed Wood” es muy divertida, pero dudo que nadie, conscientemente, quiera ser Ed Wood.

– No descuides los cimientos. Trabaja mucho más la estructura, los mapas de tramas, las escaletas.

– Trabaja mucho más la creación de personajes.

– No cedas a los caprichos momentáneos. Una secuencia muy impactante puede echar por tierra meses de trabajo si traicionas el tono o a los personajes.

– Hazte todos los esquemas, cuadros, diagramas y tablas que hagan falta. Hazlos bonitos, legibles, prácticos.

– Documéntate. Mucho.

– Documéntate más.

– Antes de inicar un nuevo proyecto, busca producciones con temática o tono parecido a lo que quieres escribir. Oblígate a verlas y a encontrar sus defectos y virtudes.

– Por supuesto, tienes que ver cine. Tienes que ver series. Intenta que sean las mejores, algo se quedará.

– Mantén amigos que no sean de la industria. Oxigénate un poco.

– Mantén alguna afición, a ser posible creativa, que no tenga relación con tu trabajo. Te ayudará a sentirte menos puta.

– Aprende a vender tus proyectos.

– Pero no lo bases todo en eso. Ya hay suficiente gente vendiendo humo. Es más importante escribir bien, que vender bien (si quieres ser guionista, otra cosa es que quieras convertirte en un empresario).

– Piensa, decide y organiza un buen sistema de trabajo.

– Antes de ponerte a trabajar, claro, no cuando todo se está hundiendo.

– Adáptate a lo que estés escribiendo, en cuanto a tono, ritmo, recursos… No se trata de escribir lo que te salga de los huevos.

– Pero ve buscando tu propio estilo, tu voz como narrador. Mete algo de ti en tus guiones, al menos algunas de tus inquietudes. No se trata de plasmar en cada linea tu visión del mundo, pero si escribes sobre lo que te importa, escribirás mejor.

– Ponte todos los días delante del ordenador un rato, aunque no tengas nada que escribir.

– Busca tu mejor hora para escribir y aprovéchala.

– No desprecies ningún trabajo. Cada guión es, siempre, un reto. Si aceptas un encargo vuélcate en él al 100%.

– Trabaja mucho. Trabaja más. Trabaja mejor.

– Es cierto lo de que “hay que vivir para poder escribir bien”.

– Pero que eso no se convierta en una excusa para pasarte los días en los bares. Puede que eso te dé alguna historia, pero no te hará mejor guionista.

– No te drogues. En serio. Mantén tu cabeza funcional.

– Invierte un poquillo, coño. Cómprate un portátil en condiciones. Cómprate una impresora, son baratas. Imprime en papel, gástate dinero en tinta. Sí, es cara y un coñazo, pero es una inversión asumible.

– No se te ocurra llegar a pensar que ya lo sabes todo, que no tienes nada que aprender. Borra de tu mente cualquier atisbo de pensamiento en esa línea. Te resultará revelador releer viejos guiones de aquella época en la que te creías tan genial.

– No te tomes en serio. Eres tan risible como cualquier otra persona. Búrlate de tus defectos y tus estupideces (como, por ejemplo, ponerte Pepito Grillo dando consejos a los demás), bendícelos y aprovéchalos en tus guiones.

– No te conviertas en un cínico, y mucho menos en una mala persona. Si te pasa no te darás cuenta, así que, por favor, estate alerta, échate un vistazo de vez en cuando.


DECIR “NO”

11 mayo, 2011
Por Guionista Hastiado

Hemos hablado de refilón algunas veces en “Bloguionistas” de los motivos que pueden llevar a un guionista a dejar –o a rechazar- un trabajo. En estos tiempos de cifras récord del INEM el tema podrá parecer algo provocador, pero se trata de un dilema que antes o después todo guionista se acaba encontrando en su trayectoria profesional.

Este oficio tiene ciertas peculiaridades. Se trata de una labor creativa, vocacional, en la que mayoría acabamos porque tenemos un deseo –incluso necesidad, lo llaman algunos-de contar historias y de aportar una cierta visión personal del mundo a través de ellas. Pero, al mismo tiempo, se trata de un curro. No conozco a ningún guionista que escriba exclusivamente por placer; es una actividad laboral con la que nos ganamos el pan, por mucho que, en tantas ocasiones, sea una labor con la que disfrutamos. En esencia, vivimos tratando de conjugar una constante contradicción.

En la gente que está empezando en el oficio detecto cada vez con mayor presencia un afán constante por “meter el pie”, por enganchar un buen curro y no soltarlo, creyendo que ése es el fin de sus esfuerzos –convertirse en guionista- en lugar de considerar que no es sino el principio de su carrera. Y me resulta una actitud especialmente llamativa en gente muy joven, a la que siempre se le suponen más ganas de asumir riesgos y probar cosas antes de apoltronarse.

En mi opinión –todo esto es mi opinión personal absolutamente rebatible, y, como siempre, más centrada en el universo televisivo- lo mejor que puede hacer un guionista es intentar labrarse una carrera solvente. Y eso significa, fundamentalmente, aprender a desenvolverse en distintos géneros y formatos y demostrar su solvencia como narrador. No resulta fácil, por supuesto. Es una carrera de fondo y a veces es dura, pero no sólo conseguirá ser mejor escritor, también le será más fácil poder acceder a distintos trabajos dentro de la industria.

En televisión es muy frecuente la figura del guionista “de plantilla” que se ha desarrollado como profesional dentro de una sola empresa. Es una opción perfectamente válida; sobre todo porque te permite tener una mayor estabilidad y, si se tiene talento y paciencia, ascender poco a poco e ir teniendo mayores responsabilidades en los distintos proyectos con los que se colabora. Quizá la única pega de esta estrategia laboral es que se aprenden a hacer las cosas de una sola manera, y se pueden coger ciertos vicios de escritura.

La otra opción es la del freelance o el guionista que cambia con asiduidad de trabajo. Es una forma de desenvolverse mucho menos segura y con pegas evidentes, pero, en compensación, uno se enriquece mucho más colaborando con profesionales de todo tipo que plantean la escritura y la creación de maneras muy diferentes.

En realidad no creo que haya una opción mejor que otra, y pienso que es una cuestión que tiene que ver, más que nada, con el carácter de cada uno, con la paciencia, la capacidad de asumir riesgos o lo inquieto que sea el culo de cada uno. Yo me reconozco más en el segundo grupo, pero tengo muchos buenos amigos que prefieren la estabilidad, a los que les va muy bien y que son grandes profesionales.

Pero volvamos al asunto del post. ¿Cuándo es el momento de dejar un trabajo? ¿Cómo se toma esa decisión? Evidentemente cada persona y cada situación son diferentes. Yo voy a hablar aquí de mi experiencia personal, que posiblemente importará muy poco a muchos, pero que tal vez pueda interesar a unos pocos. En mi caso particular, lo que yo le pido a un trabajo perfecto es:

– Ganarme la vida (que me paguen).
– Divertirme.
– Aprender.

Siempre he procurado que los trabajos en los que estoy cumplan al menos dos de esas condiciones (a ser posible incluyendo la primera, claro, por meras cuestiones alimenticias). Por supuesto, añado otra serie de asuntos fundamentales que asumo como irrenunciables, como el hecho de que se te trate con respeto, de que no te obliguen a llevar corbata, o de que no te obliguen a escribir algo que va contra tus creencias (una apología del nazismo, por ejemplo). Afortunadamente, son situaciones a las que todavía no me he tenido que enfrentar.

Por concretar. Hace unos años yo me fui de “7 vidas” cuando estaba en la que sería su penúltima temporada. Mucha gente me ha preguntado a lo largo de este tiempo por qué me marché de una serie que tenía una impronta de “calidad” y en la que contaba con una razonable estabilidad laboral. En aquel momento, yo llevaba casi cuatro años escribiendo la serie. Había entrado en más o menos cuando se estaba escribiendo el capítulo 90 de la serie, y me fui cuando andábamos ya por el 180. Entré como guionista “junior” y al año y medio más o menos me hicieron jefe de equipo (en un sistema en el que se trabajaba con varios equipos de tres personas, yo era el responsable de uno de ellos). Cobraba si no recuerdo mal unos dos mil euros, lo que a muchos les parecerá un buen sueldo, pero se trataba de una cantidad muy por debajo de lo que se paga habitualmente por asumir una responsabilidad como la que yo tenía.

En definitiva, llevaba mucho tiempo haciendo lo mismo, había pocas posibilidades de que la serie fuera a mejor, quería aprender a escribir otras cosas, probarme a mí mismo, y, también, que se reconociera mi labor en su justa medida. Si a eso le sumamos que el ambiente de trabajo estaba ya algo viciado, creo que se comprende que la decisión viniera sola. En las productoras a menudo van a intentar convencerte de que fuera de su órbita te vas a ver abocado al paro y la desolación absoluta. (Es famosa en la profesión la frase “ahí fuera hace mucho frío”). Es la manera que tienen de justificar sueldos bajos o condiciones laborales leoninas. Pero deben creerme cuando les digo que eso no es cierto, o no al menos de una forma tan tajante. Uno debe saber valorar sus opciones, y hay veces en las que compensa saber decir “no”.

En aquella ocasión, en un patético arranque de autoestima, yo pedí un aumento de sueldo asegurando que si no me lo concedían, me iría de la serie. Por suerte, no me lo concedieron (yo no era, para nada, imprescindible). Y ya no podía echar marcha atrás (por una absurda cuestión de navarrismo). Recuerdo que durante algunas horas estuve temblando: ¿cómo iba a pagar el alquiler del piso? ¿Quién querría contratarme “ahí fuera” si yo no conocía a nadie en la industria? ¿Cómo le explicaría a mi madre que había dejado un trabajo sin tener otro? ¿Dejaría de quererme?

La casualidad o la divina providencia quisieron que esa misma tarde me llamaran para ofrecerme dos trabajos, ambos interesantes y con sueldos que sobredoblaban el que cobraba entonces. Tuve suerte y todo salió bien, y rápidamente me reafirmé en mi decisión; más aún cuando, meses más tarde, muchos de mis compañeros siguieron mis pasos (precipitando, en cierto modo, el final de la serie).

Hay multitud de causas que pueden llevar a alguien a rechazar un trabajo o encargo:  una exagerada o innecesaria cantidad de horas de trabajo, un trato incorrecto, un agotamiento creativo, un sueldo injusto,tiempos de escritura absurdos, una descompensada atribución de méritos, la sensación de no sentirse útil o de no estar a la altura de lo que se requiere… Ésas pueden ser algunas de las causas, pero lo importante es la consecuencia, que casi siempre suele ser la pérdida de la ilusión.

Por muy profesionales que seamos, la semillita creativa que germinó un día dentro de nosotros cuando éramos adolescentes, y que nos impelió a meternos en estos fregados, sigue pidiéndonos que la reguemos de vez en cuando. Si no tenemos ilusión por lo que estamos escribiendo el resultado se resentirá inevitablemente, lo que resultará perjudicial tanto para nosotros como para la gente que nos contrata. Por eso es importante que las productoras comprendan la necesidad de “mimar” a sus escritores. No es una petición caprichosa, sino una necesaria e inteligente política para lograr mejores resultados. De hecho la mayor parte de los guionistas se conforman con muy poco, no pedimos chófer y reverencias en la entrada de la productora, sino tener la posibilidad de mimar nuestro trabajo y sentir que estamos dando lo mejor de nosotros mismos. Hay que regar la ilusión. Todos los días.

Por lo que me cuentan compañeros más metidos en ajos cinematográficos, el escritor de largometrajes sufre de parecidas dificultades. La descarnada, exagerada y prolongada intervención en los guiones de personas que no son guionistas redunda con frecuencia en historias malformadas, frankensteins narrativos que avanzan renqueantes, que perdieron toda la frescura a lo largo de un complejo y desilusionante proceso creativo trufado de errores.

Con el tiempo uno aprende a detectar ciertas dificultades incluso antes de que se presenten, lo que puede ayudar a tomar la decisión de rechazar ofertas laborales. La información, por supuesto, también cuenta. Es una industria pequeña y todo se sabe, y, siempre que uno se pueda permitir elegir, es mejor decir “no” a una propuesta peligrosa -por muy jugosa que sea la manzana que te ofrecen- antes que meterte en un sitio del que sabes que sólo te llevarás frustración y sensación de haber perdido el tiempo. Puede que a la postre ganes menos dinero, pero serás más feliz y aprenderás más.

“7 Vidas” no fue el único proyecto que he abandonado, ni será el último. Como ustedes ya sabrán, ayer se estrenó la segunda temporada de “Hispania, la leyenda”, serie en la que he trabajado durante dos temporadas como coordinador de guión. Y lo digo en pasado, sí, porque como ya conté ayer en mi blog, una vez terminada la escritura de la segunda temporada, he dejado mi puesto por voluntad propia, con ganas de descansar y lanzarme a escrituras más personales y retadoras, aunque también con gran dolor de corazón. Ayer fue, oficialmente, mi último día.

“Hispania” ha sido una de las series más apasionantes en las que he trabajado, y una en las que más he aprendido. Como se suele decir, mi marcha es más un “hasta luego” que un “adiós”. Si hay algún buen consejo que dar a quien decida dejar un trabajo, es que intente siempre ser correcto y constructivo. Hay que procurar ofrecer toda nuestra colaboración para que nuestra marcha no provoque grandes problemas, y dejar la puerta abierta a futuras colaboraciones. Se trata de puestos laborales, no de rupturas amorosas, seamos mesurados, por dios. En “Hispania” yo he estado tecleando hasta el último segundo, y dejo atrás a un nutrido grupo de grandes profesionales que suplirán sin ningún problema el torpe trabajo que yo pueda haber hecho, así que los seguidores de la serie no tienen por qué preocuparse.

Cada trabajo que realizamos lo llevaremos con nosotros el resto de nuestras carreras profesionales, en nuestra forma de escribir, de organizar el trabajo y de relacionarnos con los compañeros. Pero, sobre todo, mantendremos a nuestro lado esas grandes amistades que se forjan, paradójicamente, entre las paredes grises de un despacho durante horas de risas y frustraciones. Esa gente con la que te cruzas un día por motivos laborales y que descubres que se ponen a navegar a tu lado en las procelosas aguas de la vida. Ellos son, sin ninguna duda, lo mejor que te puedes llevar de un curro.

Y encima es gratis.


EL CABALLO O LAS BRIDAS

2 diciembre, 2010
Por Guionista Hastiado

Algunos de los debates que he tenido últimamente con colegas del gremio guardan relación con un asunto que siempre ha planeado sobre los que nos dedicamos a estas cosas del crear: ¿Hay que escribir con el corazón, o con la cabeza? ¿El acto de escribir un guión es un trabajo intelectual o emocional? ¿Es adecuado acotarse con normas y sistemas ante el papel en blanco o, por el contrario, resulta contraproducente todo lo que no sea soltarse apasionadamente y dejarse llevar por lo que te pide el cuerpo?

Son dudas de cuya respuesta derivan distintas maneras de afrontar y resolver el trabajo. Yo me renocozco como un guionista que con los años y la experiencia se ha ido volviendo cada vez más cerebral. Considero la reflexión y el esfuerzo herramientas intrínsecas a la escritura, así como la organización del esfuerzo, la autocrítica y la discusión constructiva cuando se trabaja en equipo.

Estoy de acuerdo en que un exceso de “técnica” o formulismos puede obtener resultados excesivamente apelmazados y/o previsibles. Las ideas preconcebidas, los manuales de guión y las fórmulas mágicas para construir un relato han derivado con frecuencia en ficciones sin personalidad, sin una visión autoral y sin la más mínima capacidad de destacarse sobre el resto y sorprender.

Para mí, los mejores resultados en nuestro gremio suelen deberse a profesionales que han sabido conjugar sabiamente ambas posturas. Podríamos decir que el corazón es el caballo que tira del carro, y la cabeza son las bridas que lo gobiernan. Sin el impulso emocional, sin el pathos, este oficio no tendría sentido alguno. Es necesario el hálito narrativo, la necesidad de transmitir, de impactar al espectador y hacerle partícipe, en cierto modo, de nuestra visión moral o emocional de la existencia. Debemos creer en lo que hacemos y, además, desear hacerlo. Pero para ello, al mismo tiempo, hay que construir un discurso lógico, una narración ordenada (o deliberadamente desordenada), una manifestación formal adecuada a nuestros impulsos narrativos. Digamos que el carro no puede avanzar sin la fuerza del caballo, pero si el caballo no es gobernado por las bridas del conductor, acabará cayendo al precipicio.

No obstante, una vez reafirmada esta creencia personal en el equilibro intelectual-emotivo, he de admitir que yo suelo hacer hincapié con mucha más frecuencia en la necesidad de los aspectos prácticos y razonados del asunto. ¿Por qué? Muy sencillo: porque si algo hemos tenido de sobra en nuestra industria durante décadas es corazón e impulsividad; y si algo nos ha faltado desde siempre es organización y sentido común.

En cualquier reunión de guionistas uno escuchará decenas de anécdotas -más o menos divertidas o frustrantes según el caso- acerca de profesionales del audiovisual (actores, directores, productores, directivos de cadena o guionistas) que tomaron decisiones salidas de las tripas, los cojones o las rayas de cocaína. La fiereza de las posturas, la creencia en las beldades de la improvisación o en el rédito artístico que te brinda la intuición, han sido la tapadera para producciones absurdas, incomprensibles, directamente malas, bodrios infumables e inexplicables que fueron, no obstante, defendidos en algún momento a capa y espada por alguien que los consideraba revolucionarios.

No digo que no haya que echarle huevos al asunto de vez en cuando y apostar por aquello en lo que uno cree a ciegas, pero tampoco estaría de más priorizar el sentido común alguna vez, a ver qué pasa. Las grandes ideas siempre tienen un componente intuitivo, pero surgen del trabajo y la meditación, no sólo de la autocomplacencia y el instinto. El arrojo nos puede ayudar a tomar decisiones que sabemos que son arriesgadas, pero es el intelecto el que nos avisa de ese componente de riesgo, y más de una vez nos evitará cometer, directamente, estupideces.

Quizá el mayor problema es que una excesiva confianza en los propios instintos como guionista deriva casi siempre en un relativismo narrativo. No se puede saber si nada está bien ni mal, nada se puede discutir, mejorar, ni consensuar, porque al final todo depende de un “me gusta”, “me pone”, “no me pita”, “no es moderno” o “no me funciona”, expresiones inconcretas y abstractas típicas del proceso de toma de decisiones que convierten el trabajo en equipo en innecesario, e incluso imposible.

Lo que más se echa en falta en nuestra industria es precisamente eso: industria. Más si cabe en un medio como el televisivo –en el que yo más me manejo- donde la propia naturaleza del producto obliga a la escritura grupal, a la inmediatez, a la coordinación de diferentes departamentos y la exactitud y rapidez en la toma de decisiones.

No lo puedo evitar: pongo los ojos en blanco cada vez que escucho que hay filmes en los que el director, el actor o el productor quieren reescribir completamente guiones escritos por guionistas, o series con tramas horizontales que trabajan sin mapa de tramas, o en las que hay mucha más gente tomando decisiones sobre la escritura que escribiendo, o producciones en las que se escriben los guiones en cuatro días sistemáticamente, o aquellas en las que la mitad de las secuencias se graban a partir de separatas (escenas reescritas que bajan a plató con modificaciones sobre el guión definitivo).

Al igual que una casa no se comienza a edificar diseñando la forma de las ventanas, una ficción se cimenta desde la articulación de personajes, una producción seriada debe construirse a partir del mapa de tramas, un guión, sobre la escaleta, y un diálogo, sobre la estructura de la escena planteada en primera instancia. Todo es modificable, por supuesto. La capacidad de reacción para  variar algo en lo que creíamos pero que a todas luces no funciona, hará de nosotros mejores guionistas y creadores. Pero, al mismo tiempo, trabajar sobre una base sólida evitará encontrarnos con guiones malescritos en noches de vigilia, café y estimulantes.

El proceso vital se inicia con adolescentes impetuosos que desean mostrar al mundo su arte y su talento, chavales con una energía y un ímpetu diabólicos, dispuestos a todo, pero a los que les falta experiencia y conocimiento de la técnica. Todos hemos pasado por eso. Con los años de oficio esto se va corrigiendo, pero a medida que uno crece hacia una narración más adulta, las energías iniciales se apagan, los impulsos se moderan, y aparecen los primeros síntomas de cansancio y cinismo, lacra irremediable que acaba corroyendo a muchos guionistas a partir de cierta edad.

Esos vaivenes tan dañinos pueden suavizarse por medio de algo tan sencillo como un sistema de trabajo equilibrado y funcional. No hay motivo para quemarse más de la cuenta. En lo que a televisión respecta, los anglosajones hace mucho tiempo que lo tienen ya todo inventado: una serie debe construirse sobre un sistema ordenado, con unos plazos previstos, con un organigrama jerárquico eficiente y con una dirección narrativa clara –preferiblemente centrada en la figura del showrunner– alrededor de la que deben pivotar los diferentes departamentos.

La creatividad, la “magia”, las corazonadas y la libre invención son fundamentales en la narración, pero deben brotar en los dedos que se mueven sobre un teclado o en las imprescindibles discusiones sobre contenidos; nunca deberían traducirse en improvisación, caos y desorganización sistémica.

Lógica. Sentido común. Trabajo eficiente. Ya sé que hay muchas otras cosas más importantes, pero esto es lo que nos falta en este país, y lo que muchos guionistas profesionales seguiremos demandando una y otra vez allí donde nos contraten. Hasta que un día deje de ser necesario, y podamos centrarnos en pelearnos por las cuestiones realmente complejas, decisivas, que son todas aquellas que tienen relación directa con la creación y la escritura.


INSPECTOR GADGET CONTRA EL GANG TITIRITERO

24 junio, 2010

por Pianista en un Burdel.

Últimamente hemos hablado varias veces de las inspecciones de trabajo en el sector audiovisual. En general, creo que todos celebramos el avance realizado en materia de derechos laborales.

Ésta es una profesión muy jodida. A diario bregamos con la falta de reconocimiento público, con el intrusismo desmedido, con las tías políticas que dicen tener una historia buenísima para un guión y se empeñan en contártelo durante la comida.

Podemos vivir con eso. Podemos asumir que hay muy pocas probabilidades de llegar a ganarse la vida como guionista de cine. Podemos pasar muchos años escribiendo series que no nos gustan, y sabiendo que el tipo de series que nos gustan muy probablemente nunca lleguen a hacerse. Podemos asumir que nuestras mejores ideas serán sistemáticamente percibidas como demasiado innovadoras, cosas que “en España no pueden hacerse”.

Podemos hacer todo eso y más. Pero no podemos vivir muchos años con unas condiciones laborales de mierda. Con jornadas de 14 horas. Con jefes que te acosan, te amenazan y te niegan lo que el convenio de los trabajadores que concede por derecho. Por todo ello, me parece muy bien que se hagan inspecciones de trabajo en las productoras. Un mercado bien regulado es bueno para todos.

Ahora bien, ¿es eso realmente lo que se está logrando? Recientemente, he sabido que una productora de las grandes habían descubierto un enorme número de falsos autónomos, sobre todo entre el personal de plató. La mayor parte de esos falsos autónomos llevaban más de dos años trabajando ininterrumpidamente en la misma serie y, por tanto, según la ley, deben ahora ser contratados como indefinidos. Esto, para la productora, supone un desembolso gigantesco en cuotas a la Seguridad Social. Un desembolso que puede ser, simplemente, inasumible.

En otras palabras, que todos esos falsos autónomos, gracias a la tenaz defensa de sus derechos, se pueden ir a la puta calle.

Sé que mucha gente me acusará de pensar como un neoliberal, pero ¿realmente salimos ganando con esta manera de defender nuestros derechos?

Insisto en lo que he dicho al principio. En general, me parece muy bien que se defiendan nuestros derechos laborales y los de los compañeros de plató. Pero también creo que hay algunas situaciones en las que convendría aplicar, usando un símil futbolístico que viene muy al caso en la actual coyuntura, la ley de la ventaja.

Creo que la cuestión es algo más compleja que decidir entre cumplir la ley a rajatabla o entonar el Virgencita, que me quede como estoy. Este problema viene de más atrás. Durante muchos años, nuestra querida clase política ha tratado la seguridad social como una patata caliente. Nadie se atreve a hablar abiertamente de privatización. Cualquier dirigente político tiene muy claro que intentar recortar la cobertura social es enfrentarse a una huelga general segura. Y a los periódicos me remito. Pero a la vez, saben también que la mayor partida de los presupuestos del estado con muchísima diferencia es la de las pensiones.

De manera que, aunque en el fondo no les guste, necesitan mantener la Seguridad Social funcionando, o se encontrarán con un problema social de una magnitud imposible de manejar. Esta es una de las razones por las que, durante muchos años, se ha fomentado tácitamente la proliferación del trabajo autónomo, incluso entre trabajadores que tenían una inequívoca relación laboral con su empresa. Los autónomos, en general, cotizan mucho menos a la seguridad social, pero a cambio, tienden a ponerse enfermos con mucha menor frecuencia que los trabajadores por cuenta ajena. Y es que, cuando uno no cobra nada durante los días de enfermedad, se lo piensa muy mucho antes de quedarse en la cama, así tenga 39 de fiebre.

Esto, naturalmente, le parece estupendo a muchos empresarios, así que durante muchos años el número de trabajadores autónomos ha crecido sin parar. Más de una vez he oído decir que los autónomos son los que mantienen (mantenemos) este país. Ha sido hace apenas un par de años cuando se ha empezado a humanizar un poco el estatuto de los autónomos. Durante mucho tiempo, el subtexto de la relación Estado-autónomos venía siendo algo así como “chupa, chupa, que yo te aviso”. Para muchos empresarios, los autónomos somos algo parecido a putas dispuestas a poner la cama.

En otras palabras, que beneficiamos a todo el mundo menos a nosotros mismos. Porque claro, un pequeño empresario siempre va a ver con buenos ojos la posibilidad de contratar a un trabajador sin tener que pagar su cuota de la Seguridad Social. Y precisamente por eso, el audiovisual, que es un sector enorme riesgo, está lleno de falsos autónomos. Trabajadores que las productoras pueden despedir de un día para otro si de un día para otro una cadena les cancela una serie.

Es una situación muy jodida para todos. Pero no creo que la solución sea entrar como un elefante en una cacharrería y arramblar con un sistema que durante muchos años se ha fomentado por el propio Estado, como paliativo a la habitual falta de cojones de nuestros gobernantes a la hora de encarar una reforma laboral seria (no la chapuza que ha sacado Zapatero).

Esto me recuerda a la regulación de las normas de circulación. De un día para otro, pasamos le poder conducir con 0,8 mg de alcohol a enfrentarnos a penas de cárcel por conducir con esa misma cantidad. No cabe duda de que es importante erradicar el uso del alcohol entre los conductores. Pero no deja de parecer hipócrita que hoy se presente como un pecado mortal lo que ayer mismo era perfectamente normal y tolerado por todos.

Y también me pregunto otra cosa. ¿No habrá entre esos falsos autónomos que ahora deben ser contratados como indefinidos un montón de personas que preferirían seguir siendo autónomos? Si finalmente, la productora que mencionaba antes se va a hacer puñetas, seguro que la respuesta a esa pregunta es abrumadoramente afirmativa.

Y dejo para otro día la conspiranoia. Porque serán cosas mías, pero algo me dice que determinados funcionarios de Trabajo y de Hacienda tienen una especial fijación contra todo lo que suene a “artista”, “titiritero” o similar.

¿Con la Iglesia hemos topado?

¿Otra vez?


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