FIRMAS INVITADAS: ¿CUÁL ES LA RESPUESTA A ESTA PREGUNTA?

27 mayo, 2010

por Curro Royo.

Dejemos sentada de entrada una cosa: sobre gustos, no hay nada escrito. Si se está de acuerdo con esta afirmación, podemos seguir adelante. Si no… mal vamos.

¿Por qué comienzo de esta forma? Porque voy  a hablar de una experiencia individual y subjetiva sobre la que me siento absolutamente soberano y dogmático, esto es, mi relación con Lost. Al igual que muchos otros soy… o era, fanático de Lost. He pasado horas y horas fascinado delante de la televisión y del ordenador disfrutando de la que para mí era la mejor serie de la historia de la televisión.

¿Lo era?

Para mí lo fue, durante años . Y lo fue por la sencilla razón de que era la única serie, que vez tras vez, al acabar cada capítulo, me dejaba con la boca abierta y preguntándome… “¿Y ahora qué va a pasar?”

Cuando trabajas en esto del guión, te aperreas. Te vuelves cínico. Aprendes a disimular tu envidia disfrazándola de diletantismo. Desprecias lo que funciona porque funciona, y lo que no funciona porque no es capaz de  captar al público. Pero amigo, ante el genio en estado puro, ante el valor y el riesgo, sí… el riesgo de lanzarse al vacío y lanzarte a ti con la historia… ante eso, te callas y deseas que la siguiente temporada llegue cuanto antes.

Y es que eso es lo que me ocurría a mí con Lost. No tenía límite, no tenía techo. Cada vez que tocaba un capítulo de Desmond, me preparaba para cualquier cosa. En mi lista de los mejores capítulos de la historia de la televisión, estará por siempre “The Constant. En mi repertorio de frases míticas, siempre tendrá un lugar de honor el “Hay que mover la isla” ¿Han dicho mover la isla? Sí… y no sólo lo dijeron. Lo hicieron. Con un par.

Ahora bien… y a partir de aquí empezamos a pisar otro terreno, toda mi fascinación residía en un pacto que siento, básicamente, incumplido. El pacto al que me refiero es la base de lo que Samuel Taylor Coleridge denominó suspension of disbelief.

La ficción se sustenta en un pacto implícito entre el narrador y el receptor de la narración, mediante el cual el receptor accede voluntariamente a tomar por real lo que sabe que es falso, para así poder adentrarse en el mundo de la narración y seguir su lógica. Gracias a este maravilloso mecanismo, ya de niños, podemos disfrutar del teatro de guiñol aunque sepamos que la princesa y el dragón son trozos de trapo manejados por una mano. Es el mismo mecanismo que luego nos hace capaces de creer que Superman vuela, que la sangre que sale por las heridas de las víctimas de Dexter es sangre y no tomate, o que Bill Compton morirá irremediablemente si intenta salvar la vida de Sookie Stackhouse a plena luz del día. No es que no sepamos que todo es mentira, no… es que hemos decidido voluntariamente creerlo, hemos rebajado el nivel de nuestro descreimiento para acceder a una realidad superior e inmaterial llamada ficción.

Ahora bien, como todo pacto que se precie, éste también posee sus cláusulas, y algunas son de obligado cumplimiento. La primera y más importante es “No aburrirás a tu público”. Si aburres, la magia se rompe. El espectador es capaz de mirar la historia desde fuera, comienza a sentirla ajena, levanta de nuevo las barreras que separan a la realidad de la ficción y termina sentenciando un “no me lo creo” que es el preludio del abandono de la sala o el cambio de canal.

La segunda cláusula es “No harás cualquier cosa con tal de no aburrir a tu público”.  Para mí, Lost cumplió a la perfección la primera cláusula antes mencionada, durante cuatro temporadas. Lo hizo mejor que ninguna otra serie que yo haya visto hasta la fecha. En las dos últimas, ha demostrado un catastrófico incumplimiento de la segunda, invalidando por tanto el cumplimiento global del pacto.

Si semana tras semana yo sentía vértigo ante lo que me mostraban, ante los giros, ante su arrojo y su valor… era porque presuponía que los responsables de la serie sabían adónde me estaban llevando. Era tanto lo que mostraban, que me estremecía pensar en lo que quedaba por mostrar, lo que ellos ya sabían pero yo todavía no. Si alguien me decía… “Ah, Perdidos… es esa de la isla ¿verdad?” Yo respondía que sí, que era la de la isla, pero que la isla era el protagonista principal de la trama, un protagonista con una personalidad fascinante y una historia que me iban mostrando poco a poco. Yo respondía… “Es la de la isla ¿y sabes qué? Después de cuatro temporadas, aún no sabemos realmente qué es la isla”.

Seis temporadas después, seguimos sin saberlo. Y a eso yo no lo llamo “metáfora”, o “libertad creativa”. Yo lo llamo timo.

Supongo que podríamos estar horas repasando preguntas no respondidas, incoherencias, contradicciones… Yo sólo aludiré a una que me duele particularmente como guionista, por lo que tiene de torpe, de mala práctica profesional, de chapuza: y es el haber escamoteado las respuestas básicas con respuestas que sólo planteaban otras preguntas nunca respondidas.

Tomemos por ejemplo el caso del enigmático monstruo, el humo negro ¿Qué era? Muy fácil… el humo negro, era un ser humano transformado por haber caído por un túnel lleno de luz. Muy bien, pero… ¿qué había al final del túnel? Luz, por supuesto. Es verdad, vaya pregunta… pero oiga… ¿qué era la luz? No me fastidie, ¿es que no lo ha visto usted al final? Era una luz que llenaba una especie de piscina con un agujero muy grande tapado con una piedra llena de jeroglíficos. Ahora sí que lo entiendo… pero, y perdone que sea un poco puntilloso… ¿a quién le importaba que esa agua y esa luz se fueran por el agujero? A todos, porque esa luz era muy importante… ¿Pero por qué? Porque así lo dijo la madre adoptiva de Jacob y de su hermano, una señora tan encantadora que por el bien de la humanidad no dudó en hundirle la cabeza con una piedra a una recién parida. Bueno, pero a lo que vamos… esa señora que le dio a Jacob y a su hermano las claves de lo que la isla encerraba… vendría de algún sitio… ¿De dónde va a venir? De fuera de la isla, como todos ¿Y entonces quién le contó a ella  cuál era su misión? Señor mío, qué pesado se pone usted…. un poquito de lógica. A esa señora se lo explicó todo… el que estaba antes.

Está bien, me callo, no hago más preguntas. He seguido fielmente su serie, la he defendido a capa y espada, sí… Pero, por favor,  se lo pido por favor, antes de que acabe la serie, dígame, aunque sea muy bajito, y así entre nosotros… ¿Qué es la isla?

Se lo diré si responde a lo siguiente: “¿Cuál es la respuesta a esta pregunta?”.

Me gustaría terminar con una mención al remate final de la trama paralela de la sexta temporada, que situaba a los personajes en un mundo en el que el accidente no había terminado, un mundo paralelo que al final se muestra falso, ya que los personajes están muertos, aunque no lo saben.

En la frágil red narrativa del mundo de la serie, todo lo ocurrido en la isla ha sido real. Lo que hemos visto no era un sueño, no ha ocurrido sólo en la mente de los protagonistas, como muchos se temían. Esta trama paralela de la sexta temporada es un añadido, una coda que sirve para compensar a los protagonistas de tantos sufrimientos, desgracias y saltos de tiempo. Queremos a los protagonistas, los conocemos, y agradecemos que los creadores organicen una fiesta de despedida con todos ellos, fiesta que termina con el prometedor anuncio de un viaje fin de curso a un sitio con más luz. Algunos bloguionistas como David Muñoz o Chico Santamano denuncian, creo que acertadamente, un misticismo simplón, una religiosidad difusa bajo la cual, todo vale.

De entrada, la serie podría haber terminado con la muerte de todos los protagonistas sin que de esa muerte se dedujera lógicamente ése final de foto fin de curso. Ni están todos los que son, ni son todos lo que están. Puestos a pasar lista, y dado el carácter pretendidamente religioso del final, echo en falta a ese maravilloso traficante reconvertido en sacerdote y convertido interiormente que fue Mr Eko. Eso por no hablar de propio Jacob, que habría sido el cicerone natural de todo este grupo de personas, a las que se supone que fue eligiendo. Pero mejor no empecemos  a tirar del hilo, porque está todo cogido con unas pinzas muy mal escogidas y colocadas.

Tal vez lo que más me indigna de ése final es que para tapar el último agujero de la serie se haya escogido una apariencia de religiosidad, como si ésta fuera sinónimo de respuesta a medias, una vaga realidad que nuevamente sirve de coartada a la impericia de los guionistas. Como admito abiertamente a amigos y colegas, soy creyente. Lo soy, por razones  concretas que puedo explicar a cualquiera tomando un café. Creo en una vida después de la vida. No puedo demostrárselo a nadie, entre otras cosas porque todavía no ha sucedido, porque no me ha sucedido. Entra dentro de mi razonamiento la posibilidad de que me equivoque, por supuesto, pero en todo caso es sólo cuestión de tiempo. Pero la posibilidad de ésa vida, tal cual yo creo en ella, descansa en la previa y necesaria posibilidad de la existencia de alguien que la justifique y le dé una base lógica, esto es, Dios. Por lo menos, digo yo, es coherente. Todo es verdad o es una completa ilusión digamos… en bloque.

Precisamente al contrario que lo que ocurre en la serie. No hay nada en la isla, en su pretendido poder, fuerza, destino, etc, que justifique que los personajes sigan un camino postmortem como grupo. De acuerdo a lo oído en el capítulo, dicho por boca de un personaje retomado a última hora, están juntos para “poder recordar” y “porque lo más importante que les ha ocurrido es conocerse estar juntos”. A efectos de pura lógica narrativa, podrían haber estado veinte años juntos dando vueltas en una noria de Disneylandia y habrían acabado de la misma forma.

Es este no llegar a ningún sitio, este no apostar por una explicación clara, una… la que fuera, la que ha terminado minando la coherencia de la serie. Hay puntos de apoyo que mueven mundos. La ausencia de ellos hace que esos mundos se salgan irremediablemente de su órbita y terminen siendo engullidos por un agujero negro.

Al final, está claro que nadie puede contar lo que no sabe, ni explicar lo que no entiende. Tal vez puede apuntar hacia lo que intuye, pero ésa es una base muy endeble para mantener la atención de millones de personas en todo el mundo. Durante años acallamos las voces de los que decían que la serie no tenía mucho sentido. Lo hicimos porque nuestra firma estaba al pie de un contrato por el cual entregábamos nuestro tiempo y entusiasmo a cambio de diversión y el placer de una historia bien contada. Personalmente no esperaba una Revelación. Sólo se trataba de una serie de televisión, la mejor de la historia… hasta que dejó de serlo.

Pero como he empezado diciendo: sobre gustos y disgustos, no hay nada escrito.


LA CARTA DE DESPEDIDA

26 mayo, 2010

Por Chico Santamano. (Ojo… Spoilers.)

¿Qué te creías? ¿Que después de tantos años no te iba a dedicar ni una mísera letra precisamente ahora que todo ha acabado? Otra cartita de amor pensarás… pues mira, te jodes. No haber ido por ahí calentando corazones a diestro y siniestro.

Te juro que han pasado tantas cosas que no sé por dónde empezar. Como buena carta de enamorado, será mejor que comencemos por los últimos años. Porque el principio fue lo bueno y prefiero acabar este texto con una sonrisa en los labios.

Qué pena que no supimos darle un final digno a tiempo, ¿no? Quién nos iba a decir que acabaríamos así. Nos sobraron días juntos y sobre todo muchas promesas incumplidas. Ahora dirás que no, claro… Que todo fue culpa mía, que nunca me juraste respuestas, que lo nuestro iba de otra cosa, pero sabías que precisamente ESO era lo que más me gustaba de ti. Lo que me tenía absolutamente enganchado. El pensar que algún día conseguiría desvelar todo lo que se te pasaba por esa cabeza de desquiciada entrañable.

Como Sherezade en “Las mil y una noches”, cada vez me lanzabas una nueva historia. Que si el negrito con poderes. Que si el vidente que envía a la embarazada a la otra punta del planeta. Que si el barco en mitad de la isla. Que si el ruso tuerto y el egipcio canario que no mueren nunca. Que si la estatua misteriosa de cuatro dedos… Yo quería disfrutar más y tú querías subsistir el mayor tiempo posible porque sabías que yo, primero enamorado y luego adicto, no tendría fuerza de voluntad para cortar esta historia. ¡Y mira que muchos de mis amigos me decían que te dejara! Que esto no iba a nada. Que me ibas a dar un palo gordo. Pues mira…

Vale que echando la vista atrás y observando cómo se desarrollaban los acontecimientos todo indicaba que la cosa iba a acabar mal, claro. Yo te preguntaba “¿qué pasa?”, tú movías un arbusto y sacabas al perro Vincent. Yo me reía, claro. Como buen enamorado pensaba “¡Que tontita eres!”. Te volvía a preguntar y tú me contestabas “¿Quieres saber la verdad? La clave está en… ¡los números!”. Pasaba el tiempo y te decía “No, en serio… ¿qué pasa?” y tú me contestabas que todo era por dos que se peleaban. Ben y Widmore… toda una vida buscándose las cosquillas porque… Ah, que no. La clave no estaba en esos. Que estaba en uno que era como un fantasma que vivía en una chabola y luego resultó que de fantasma nada, que era un rubio vestido de ibicenco y con ramalazo de mesías new wave.

Ya me tenías hasta las narices, claro. Pero te volví a insistir y resultó que eso tampoco… que era cosa del de blanco y otro de luto. Y yo, como soy un tío listo, me di cuenta de que si uno iba de blanco y el otro de negro… ¡El bien y el mal! Dos bandos en eterna lucha… otra vez… como Ben y Widmore… ¿Qué? ¿De qué coño vas, tía?

Hace unas semanas, al fin lo paras todo y me dices “que sí, ahora te cuento LA VERDAD del de blanco y el de negro”. ¡BIEN! Cuando ya no podía más, vas y me das la explicación más decepcionante de la historia… si a eso se le puede llamar “explicación”, claro.

El caso es que llegados a este punto y con la desgana, la decepción y la desidia como bandera yo ya no esperaba nada de ti. Si no tuviste un puñetero detalle en todos estos años, no confiaba en que me dieras una explicación coherente en nuestra última cita. Y así fue, pero al menos te lo curraste.

Y aquí empieza la parte bonita de la carta…

Lo que me hiciste anoche fue algo digno de los mejores tiempos de Sawyer. Me sedujiste, me echaste un polvo y me robaste. Pero QUÉ POLVO, cabrona.

No tendré en cuenta todo lo que me has engañado y que ahora vayas de mística y profunda cuando nunca lo has sido, porque ¿sabes qué? En el fondo, te quiero. Te quiero porque contigo he pasado horas y horas de placer. Porque tú, como ninguna otra, me has hecho sentir mariposas en el estómago mientras esperaba que bajaras. Porque has tenido la picardía de dejarme con el único sabor de boca que me obligaría a perdonarte: el sabor de mis lágrimas. Las mismas que han conseguido empañarme la mirada durante dos horas.

Me has estafado, sí, pero al mismo tiempo me has recordado cuando nos conocimos, nuestro primer beso, nuestras primeras vacaciones, nuestra primera separación y nuestro primer reencuentro, nuestras peleas y nuestras reconciliaciones…

Cielo, eres una puta de la peor clase. Una puta mentirosa. De las que te chantajean emocionalmente para salirse con la suya, pero al menos eres lista, eres guapa y, sobre todo, eres la mejor.

Te perdono porque te quiero, pero necesito no volver a verte nunca más.

Espero que lo entiendas como yo, a pesar de todo, te he entendido a ti.

Hasta siempre.

Chico Santamano
24 de Mayo 2010


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