TIRAD LA PRIMERA PIEDRA

25 mayo, 2016

tirapiedra

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Que tire la primera piedra quien no se haya documentado alguna vez en Wikipedia.

Que tire la primera piedra quien no haya dicho “escena” cuando quería decir “secuencia”… o “secuencia” cuando quería decir “escena”.

Que tire la primera piedra quien no haya dejado nunca erratas en sus acotaciones por prestarles menos atención que a los diálogos.

Que tire la primera piedra quien no haya borrado detalles interesantes en dichas acotaciones con el fin de acortarlas y que el guión ocupe menos páginas.

Que tire la primera piedra quien no se haya leído un guión saltándose los encabezados, hasta llegar a un punto en que ya no sabe si la acción transcurre en NOCHE o DÍA.

Que tire la primera piedra quien no haya tenido que coger un diálogo de un personaje y asignárselo a otro… haciendo la vista gorda ante el hecho de que… si el diálogo del primero te sirve también para el segundo… los personajes están mal trabajados.

Que tire la primera piedra quien haya tenido una ideaza para un corto de 5 minutos y no haya sentido la tentación de mutilarlo para que encaje en los 3:30 del Notodo.

Que tire la primera piedra quien de verdad se crea que la cosa ésta a la que nos dedicamos es un trabajo.

Que tire la primera piedra quien no esté leyendo esto para huir de sus obligaciones de escritor.

Que tire la primera piedra quien no baje la voz cuando tiene que criticar a alguien del gremio en un bar de Malasaña.

Que tire la primera piedra quien haya visto un capítulo de una serie española y no haya pensado: “Yo lo habría hecho mejor.

Que tire la primera piedra quien haya escrito un capítulo de una serie española y al ver el resultado, no haya pensado: “Joder, ¿no se suponía que yo lo iba a hacer mejor?

Que tire la primera piedra quien aún se acuerde de más del 20% de lo que decía Aristóteles en su Poética.

Que tire la primera piedra quien no haya dicho: “Bueno, es sólo una primera versión, aún falta mucho curro” cuando en realidad pensaba: “Joder, ojalá funcione a la primera y no haya que hacer las putas reescrituras de mierda“.

Que tire la primera piedra quien no se haya enterado de si sigue teniendo curro o no… a través de Vertele.

Que tire la primera piedra quien se haya visto todas las webseries de todos sus colegas.

Que tire la primera piedra quien no haya escrito cierta palabra en un guión… y justo en ese momento suena esa misma palabra en la canción que está escuchando mientras teclea… y piensa: “Esto es una señal“… pero luego no sucede una puta mierda y el mundo continúa girando igual de gris que siempre.

Que tire la primera piedra el guionista que no haya soñado con desertar de su oficio para montar: a) un grupo de música… b) un bar… c) una tienda de no sé qué cosa que compra de importación y luego se lo vende a los hipsters el triple de caro.

Que tire la primera piedra quien no haya jurado y perjurado que no volverá a trabajar gratis pero a las dos semanas le proponen un proyecto que tiene muy buena pinta y que si sale adelante puede ser un bombazo y que lo cierto es que siempre le ha apetecido currar con fulanito.

Que tire la primera piedra quien no piense que todos los formatos son igual de respetables, que no todas las historias requieren la misma duración… pero que en el fondo no dormirá tranquilo hasta poder decir que ha escrito su primer guión de LARGOMETRAJE.

Que tire la primera piedra quien no haya usado la frase “voy a documentarme” como eufemismo de “me apetece ver una peli“.

¿Cuántas de estas piedras podríais tirar por mes? ¿Cuántas de ellas lloverían sobre vuestro propio tejado? Que tire la primera el guionista que sepa cómo coño se repara el tejado. O mejor guardamos las piedras para el próximo brainstorming, para la próxima mesa italiana, para el próximo microteatro, para el catering de la próxima peli lowcost, para el próximo trimestre… por si nos desgrava en la declaración de la renta…


REPITIENDO ALGUNAS CONCRECIONES SOBRE LOS DERECHOS DE AUTOR

5 julio, 2011
por Guionista Hastiado. (Publicado originalmente en Fotogramas)

Mucho de lo que voy a contar tiene que ver con este gran post que mi buen amigo Daniel Castro publicó ayer y cuya lectura recomiendo a todo el mundo.

Los derechos de autor nacieron como medio para evitar las tropelías contractuales de las empresas culturales contra los autores. En resumen, obligan a las empresas a compartir con los autores una pequeña parte del lucho obtenido gracias a sus creaciones. En la Wikipedia tienen una explicación mucho más profusa y exacta. Convendrán ustedes en que sería muy injusto que García Márquez hubiera vendido los derechos de “100 años de soledad” por unos cuantos pesos cuando aún era un desconocido, y que nunca hubiera vuelto a recibir una ganancia por su obra.

Los mayores detractores de los derechos de Autor, por lo tanto, son ciertos oligopolios culturales, que son quienes realmente pagan esos derechos (cadenas de televisión, distribuidoras, emisoras musicales, editoriales…).

Los autores conservamos siempre los derechos morales de nuestras obras, lo que significa que siempre seremos reconocidos como autores de esas obras, y percibiremos la parte de derechos que nos corresponda por ello (no es así en el derecho anglosajón, ver la wikipedia para más información). Los derechos de explotación o de distribución publica suelen estar en manos de empresas a las que se les han cedido (productoras de televisión, por ejemplo).

Cosa aparte es el canon por copia privada, que surgió en nuestro país en los años 80 en respuesta a la aparición de aparatos con los que se podían hacer copias físicas de los soportes donde se distribuían ciertas obras (cassetes de doble pletina, duplicadoras de vídeo…). Se creó como una compensación estimada por las presumibles pérdidas que dichas copias podían generar, y autoriza, de facto, a que el consumidor pueda tener una copia para su uso, siempre que sea sin ánimo de lucro (en cuyo caso todo es perfectamente legal, no como en el derecho anglosajón donde la tenencia de dicha copia sí supondría un delito).

Ese canon lo abonan las empresas que fabrican y comercializan dichos aparatos. Otra cosa es que se hayan esforzado en dejar muy claro que ese gasto se lo trasladan al consumidor, algo que, lógicamente, cabrea al consumidor.

El canon lo recaudan las entidades de gestión de derechos de autor, como la SGAE. Ellas se encargan de repartirlo (y aquí viene una de las preguntas más difíciles de responder en todo este lío: ¿cómo se reparte ese dinero?).

El gran lío surgió con la llegada de internet, donde la copia física deja de existir. Evidentemente, el pago del canon se convierte en algo mucho más controvertido y difícil de justificar. De hecho, son muchos los creadores que no están de acuerdo con que se siga manteniendo, o no al menos de la manera en que se gestiona.

Los derechos de autor no son algo malo en sí mismos, son semejantes a las patentes industriales; suponen una protección del autor frente a las grandes corporaciones y favorecen el desarrollo cultural de la sociedad. No se cobra al público varias veces por lo mismo (una demagogia bastante extendida, en buena parte debido al gran lío del canon), sino que se cobra a una empresa una parte de las ganancias que genera la obra. La pelea de fondo tiene que ver con cómo y cuanto se recauda, y cómo y cuánto se reparte. Ahí es donde está el espacio de discusión.

Y ahí es donde se incide en muchos de los problemas que tiene la SGAE, siempre desmedida en su afán recaudatorio (bodas, peluquerías y asuntos por el estilo, trabas al copyleft, zancadillas a otras entidades de gestión…), y muy poco transparente en su forma de distribuir los derechos. Los elevados sueldos de muchos de sus directivos y las presuntas irregularidades en las cuentas de la SGAE han estado desde hace muchos años en boca de multitud de autores que no compartían el espíritu de la entidad. La investigación abierta contra la SGAE no parece sino confirmar muchas de estas sospechas.

No se trata de que la SGAE no exista. Se trata de que haga las cosas bien y, por descontado, de que nadie meta mano en la caja.

En caso de que sean ciertas las acusaciones de que alguien ha robado dinero, es dinero robado a los autores, no al estado ni a los contribuyentes. Los socios de la SGAE seríamos los principales perjudicados.

La SGAE no son los autores. La SGAE es una sociedad que recauda y gestiona derechos, algo parecido a un agente. Para un autor individual sería una tarea muy compleja gestionar y recaudar sus derechos, y por lo tanto es lógico que contrate a una entidad para que lo haga por él, igual que se contrata a un abogado para que te defienda en un juicio.

Todo esto se ha planteado como una lucha entre los autores y los internautas, cuando es una lucha de autores contra empresas, por un lado, y de empresas (y gobierno) contra asociaciones de internautas, por otra.

Los autores no estamos en contra de Internet, ni mucho menos. Todo lo contrario, Internet sirve para dar mayor difusión a nuestro trabajo, algo que alimenta nuestro pobre espíritu de tímidos egocéntricos. Lo que sí creemos es que si alguien se lucra con nuestro trabajo debe compartir una parte –muy pequeña- de sus beneficios con nosotros.

Los autores no somos millonetis ladronzuelos, somos currantes. Los renombrados figuras a los que se ha identificado siempre con la SGAE no tienen mucho que ver con la mayor parte de los creadores de este país, mucho menos importantes, mucho menos forrados y mucho menos pícaros.

Por último, confirmo que soy socio de la SGAE (aunque el canto de las sirenas de DAMA me llama cada vez más poderosamente). Es algo de lo que parece que ahora mismo uno debería avergonzarse, y sé que me van a caer hostias como panes por escribir este artículo. Pero cada vez que explico estas cosas en familia, en una boda, en la peluquería o en una tertulia de terraza, consigo que alguien se plantee mínimamente la posibilidad de que todas esas verdades tan absolutas, tan extendidas y tan maniqueas puedan ser, al menos, matizables. Algo es algo. Granito de arena.


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