DAYOSCRIPT / JOSÉ ALTOZANO: ESCRIBIR HASTA ESTAMPARSE CONTRA UNA PARED

13 noviembre, 2019

Entrevista por Sergi Jiménez.

Youtuber, periodista y ahora guionista de cómics. José Altozano, también conocido como Dayoscript, es uno de los críticos de referencia en materia de videojuegos. Protagonista es su debut como guionista de cómics y lo hace junto a Ulises Lafuente, Andrés Garrido y Pablo Ilyich. La historia arranca con un estudiante anodino llamado David. Tiene una vida sin sobresaltos hasta que se le aparece un ser llamado Kawachii y le revela que es el Heraldo y debe salvar el mundo. José dedica su primera obra a deconstruir los arquetipos del viaje del héroe y los clichés del manganime.

¿Has escrito ficción anteriormente?

Hay una frase muy repetida que es “estoy escribiendo una novela”. Pues durante muchísimo tiempo he estado escribiendo una novela. De pequeño quería ser dibujante de cómics, novelista, director de cine… Un autor. He estado escribiendo muchas novelas, proyectos que he empezado y se han quedado en una biblia. Me puse a escribir fanfictions pero empecé a trabajar como periodista de videojuegos y como youtuber. Me consumió demasiado tiempo y paré de escribir. Después de tantos años, ahora intento retomarlo. Básicamente me forcé porque quería escribir y ya que tengo la oportunidad de llamar la atención por el nombre que tengo, era ahora o nunca. Ninguno de los proyectos anteriores los he terminado. Siempre pensaba en reescribirlos más adelante o simplemente los he perdido. 

¿Cómo ha sido el proceso de escritura?

Fue largo. Empezó en bachillerato como una historia muy distinta. Hablando estrictamente de la escritura, hice una pequeña biblia con la premisa, los personajes y todo lo que ocurre. A partir de ahí comencé a escribir. Ahora estoy planeando nuevos proyectos con Andrés Garrido, el colorista. Él me descubrió el mundo de la escaleta. A organizar lo que pasa en cada página. Este cómic ha sido más bien una historia que tenía en mi cabeza. Sabía a que puntos quería llegar, así que me puse a escribir. Yo lo describo como cerrar los ojos y empezar a correr mientras grito hasta que me estampo con una pared. Ese es el momento en el que he llegado al final. Lo que he escrito detrás es basura pero al menos hay algo escrito. A partir de ahí puedo revisar. Ponerme a escribir aunque sea mierda. Me da igual porque lo he escrito, lo puedo revisar. 

El guión de cómic no es algo tan reglado como el de cine. Depende del diálogo que tienes con los otros artistas. ¿Cómo de detallado es el guión de Protagonista?

Como estudié cine, ese es el guión que conozco. En Protagonista en vez de estar escrito por escenas, estaba dividido por páginas con descripciones como si fuera una película. Había muchas descripciones de cómo se sentían los personajes, como si fueran anotaciones para un actor. Porque eso se lo voy a pasar a un dibujante que ha de hacer la escena. Para una historia como esta, me parecía muy importante que se entendiera como se sentía el personaje en ese momento. Que busco transmitir en la escena, donde está ubicado todo el mundo, que opinan sobre lo que está pasando etc. Por lo demás era como un guión de cine. Alan Moore describe hasta la última baldosa donde ocurre la escena pero yo más bien me centraba en los sentimientos de los personajes. También había referencias a otras cosas, porque el lenguaje metareferencial viene bien para estas situaciones. 

¿Entonces te planteas para nuevos proyectos seguir con la división por páginas y viñetas?

Creo que las páginas vienen bien porque me ayudan a ver el resultado final. No tanto en el sentido de cuando pasas la página, aunque a veces sí que lo tenía en mente. Por ejemplo Isaac Sánchez (Loulogio) lo describe como la sorpresa, pasar la página y ver lo que ha ocurrido. A mi me ha venido bien porque es como un receptáculo de información. Si lo escribo en general se me puede ir muchísimo y terminar con un guión de 300 páginas. Si concreto las páginas, limito la acción. Se cuanto pueden durar las cosas, me da un control sobre el ritmo y la duración. Porque dos personas pueden entender una misma acción de formas muy distintas. Se puede alargar o comprimir. Ulises, el encargado de los bocetos, me avisaba cuando la narrativa de una escena necesitaba más páginas. Ahí ya es hacernos al lenguaje que los dos tenemos. 

Me consta que Fernando Llor escribe como si fuera un guión de cine. No hay una manera definida de escribir cómics.

Claro, es lo que me dijeron. No hay una forma de escribirlo. Pensé “menos mal”, creía que sería el novato patoso. 

¿Qué influencias y referentes has tenido?

Esencialmente son tres. La primera la pongo directamente en la obra, que es La Melancolía de Suzumiya Haruhi. Vi en una película llamada Animals que el personaje está leyendo el cómic Agujero Negro. Cuando me di cuenta fue como “hostias, me están poniendo la principal referencia de la película de manera super evidente. Voy a copiar esa técnica.” Segundo, Neon Genesis Evangelion, que también se nota un montonazo. Luego hay otra más sutil que es El Mundo de Sofía, un libro de filosofía que me hicieron leer en bachillerato. Es la historia de la filosofía pero una trama que conduce todas las lecciones. El libro juega de cierta manera con la cuarta pared y eso me marcó muchísimo.

¿Cambiarías algo del cómic?

Preocupante sería que la respuesta fuera no. Cambiaría un montón de cosas. Hay una escena que en una primera versión contaba exactamente de que va la historia. Al pasárselo a mi hermano me dijo: “¿Por qué me lo estás restregando en la cara? Lo haces demasiado evidente.” Vale, ahí estaba siendo demasiado Nolan. Quise hacerlo sugerido y me pasé de sugerido. A posteriori veo que con una simple frase más, se entendería todo mucho mejor. También la gente critica el ritmo del cómic. Al principio parece que David, el protagonista, está deprimido y amargado. Cuando lo que quería era ponerle en un punto neutro. Siempre hay fallos, es inevitable. Pero si siempre estás repasando tus fallos nunca vas a hacer nada. Por eso decía lo de avanzar hasta golpear una pared. Cuando escribía mucho en mi adolescencia me quedaba en el capítulo uno. Avanzas y cuando vuelves un par de días después, hostias. Pensaba: se como corregir esto, lo puedo hacer mejor. Repasaba el capítulo uno y siempre me quedaba allí, porque nunca estaba perfecto. Aquí evidentemente podría haber pasado más meses rehaciéndolo todo pero al final has de encontrar un compromiso entre si quieres que esto exista o si quieres que sea perfecto. Si quieres que sea perfecto no lo vas a tener nunca. Prefiero sacar un cómic que sea imperfecto y que los próximo cinco años pueda publicar dos más si todo va bien. No hay que dejarse paralizar por el perfeccionismo.

Teniendo en cuenta que en tu canal analizas el argumento de videojuegos, películas y series. ¿Has aprendido alguna lección de cara a escribir tu propia historia? 

En realidad no. No me fijo en los fallos sino en los buenos referentes. Cuando terminé el primer borrador, después no me leí un cómic malo. Lo que hice fue coger Flex Mentallo y We3 de Grant Morrison y me dije, “¿pero como eres tan bueno cabrón?”. Me deprimí. En tres páginas explicaba todo perfectamente y yo pensaba “soy un mierdas, nunca llegaré a nada”. Es bueno fijarse en esas inspiraciones que te enseñan lo mucho que puedes crecer. En los fallos que tienen algunas historias me fijaba estrictamente como una crítica, no como “ellos cometen ese error y yo no voy a hacerlo”. Más bien “ellos cometen ese error y quiero criticarlo”. Ese ángulo crítico se transmite más bien a la ejecución de la obra y no a que yo tuviera en mente “algunos autores suelen fallar en esto, yo lo voy a hacer mejor”. Prefiero ver las cosas que funcionan e intentar alcanzar eso. 

También tienes un canal en el que episódicamente vas haciendo de máster en un juego de rol donde diseñas una trama que han de seguir tus amigos con los que juegas. ¿Se retroalimentan tu faceta como guionista y como máster?

Son cosas totalmente distintas. Cuando empezamos Anima: Beyond Memeverso el cómic ya estaba en producción. La gente me pregunta mucho si voy a hacer un videojuego sobre el rol, a lo que siempre respondo que no. Me encantan los videojuegos pero no me gusta contar con gente. En ese medio necesitas contar con más personas por su naturaleza. Con el rol es algo parecido. Es una historia que he de escribir capítulo a capítulo. Lo que pasa en la partida. Lo que hacen los jugadores determina de inmediato lo que va a pasar a continuación. No puedo adelantar lo que va a pasar en tres sesiones. Lo puedo hacer en términos generales, viendo dónde se dirigen y sabiendo que en general su objetivo es llegar a un sitio concreto. Ahora bien, pueden llegar de una pieza o dejando atrás todo al pasto de las llamas. Es algo muy dinámico e interactivo. Son dos medios muy diferentes. En el cómic he podido medirlo todo hasta el último detalle porque me lo puedo permitir. Sin embargo en una partida de rol tengo que ser más de brocha gorda y adaptarme a lo que los jugadores me dan. 



EL APLAUSO INMEDIATO.

24 abril, 2018
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Por Juanjo Ramírez Mascaró.
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De entre todos los cataclismos que traen consigo las redes sociales, hay uno que me sobrecoge de manera especial. Me refiero a esa dinámica casi pauloviana que genera:

Truco y premio.

Estímulo y respuesta.

Las nuevas tecnologías permiten una inmediatez asombrosa, mágica, puede que satánica.

Cuando se habla de los peligros que trae internet para el escritor, aparecen como temas recurrentes la procrastinación y el despilfarro de tiempo. Poca atención se le presta a este otro escollo que, a mi juicio, afecta no tanto a nuestras metodologías como a la propia raíz de nuestra vocación.

Tuiteaba el otro día el guionista Jaime Vaca una frase de Umberto Eco:

Hay una sola cosa que uno escribe para uno mismo, y es la lista de la compra. Sirve para recordarte que debes comprar, y cuando lo has comprado puedes destruirla porque no le sirve a nadie más. Todo lo demás que escribes lo escribes para decirle algo a alguien.

En un mundo tan lleno de gurús repitiendo hasta el hastío que tenemos que escribir “para nosotros mismos”, a veces olvidamos que esa escritura rara vez tiene sentido si su fin último no es compartir lo escrito.

El problema llega cuando las redes te ofrecen un sucedáneo bastante aceptable de ese juego, de esa santísima trinidad de todo artista: expresar – compartir – recibir feedback.

¿Algún tema que te indigna especialmente? El siglo XXI ya es mayor de edad. Nada te impide plasmar esa indignación en un micropoema de Twitter, o incluso un hilo. Teclea sobre la marcha, pulsa un botón y comparte tu sentimiento con los miles de seguidores que habitan tu burbuja. Si tienes suerte, algunos de esos followers compartirán tus palabras – o tus imágenes – con otras decenas, cientos, miles o millones de personas. No puedo evitar acordarme de aquel capítulo de Los Simpson en el que Homer intentaba comprar una pistola. El vendedor le informaba de que para ello necesitaba obtener un permiso de armas, que tardaría unos días en conseguir.

¡Pero yo estoy furioso ahora! – respondía Simpson padre.

Este nivel de inmediatez que nos permiten las tecnologías actuales amenaza la supervivencia del proceso reflexivo, elaborado e incluso – en ciertos sentidos – ambicioso.

En 1951, cuando los escritores no tenían ordenadores, Ray Bradbury salió a dar un paseo y unos policías lo pararon para interrogarle. Les parecía extraño que una persona saliese sola a caminar, sin dirigirse a ningún sitio concreto. La indignación de Bradbury fue tal que acribilló su máquina de escribir hasta obtener, borrador tras borrador, un relato titulado El Peatón, ambientado en un futuro en el que la gente tenía prohibido caminar a solas por las calles. Mientras lo escribía le sucedió algo curioso: Se dio cuenta de que esa historia podía ser parte de un universo más grande: Un universo al que, borrador tras borrador, fue dando forma hasta obtener una novela corta titulada Fahrenheit 451, hoy día considerada una de sus más grandes creaciones, y parte integrante de la trilogía de obras distópicas por antonomasia, junto al mundo feliz de Huxley y el 1984 de Orwell.

Los Ray Bradburys de nuestro siglo probablemente cedan a la tentación de acallar a sus musas con pienso barato. Me los imagino escribiendo:

Hoy dos #policías me han parado por la calle simplemente porque iba #paseando. Abro HILO:

Nunca había sido tan perversa la facilidad con la que podemos compartir a un número satisfactorio de espectadores nuestro sentido del humor, nuestro ingenio, nuestra manera de percibir e interpretar el mundo.

No penséis que hablo de esto con la superioridad moral de quien se cree inmune a ello. El número de guiones y novelas que acometo por voluntad propia desde que existen las redes sociales se ha reducido de manera drástica. Examinándome con toda la honestidad de la que soy capaz, llego a la conclusión de que, posiblemente, estoy saciando en cómodas dosis de 140-280 caracteres ese hambre de compartir que antaño me motivaba a llenar de letras criaturas de más de cien páginas.

Hace tiempo un buen amigo trabajaba en un guión. Cuando le pregunté si me podía adelantar algo sobre lo que se traía entre manos, me respondió que prefería no desvelarme nada aún. Según decía, había descubierto que cuando contaba a otra persona eso que tenía dentro de la cabeza, ya había satisfecho gran parte de esa “necesidad de contarlo” y, con ello, gran parte de la motivación y energía que necesitaba para materializarlo. Aquel día me di cuenta de que a mí me sucede algo parecido. Por eso muchos de los detalles de mis proyectos de “escritura personal a largo plazo” no los comparto ni con mi pareja.

Ocurre, sin embargo, que soy una criatura impaciente. Si bien los dioses me han bendecido con esa paciencia que te permite aguantar las gilipolleces de un cretino sin estamparle una silla en la cabeza, me han escatimado esa otra clase de paciencia: La de poder esperar el devenir de los acontecimientos con los brazos cruzados. Odio las esperas. Me gustan los resultados rápidos. Así pues, no podría existir mejor cárcel para mi cerebro que esta prisión ciberespacial que han ido construyendo gracias a nuestra complicidad. Las cárceles más efectivas son aquéllas que se disfrazan de paraíso, y no existe para mí mejor valhalla que esta dinámica de comunicación tan postmoderna: Sientes algo, se te ocurre algo, vomitas algo, difundes algo sin conservantes, sin intermediarios, le llega a alguien, alguien te dice algo. Y corroboras – muy en minúsculas – que no estás solo. Eso te vale para ir tirando.

Creo que si me hubiese dedicado a la pintura habría sido pintor impresionista, y no porque no aprecie Las Meninas o El Jardín de las Delicias, sino porque me faltan el talento y la constancia necesarios para demorarme tanto tiempo en una misma cosa.

Cuando escribo largometrajes o novelas aguanto las exigencias de esos procesos tan prolongados en el tiempo porque mi necesidad de concretar lo que tengo en la cabeza – o en las entrañas – es superior a mi pereza, a mi aversión a estancarme. Ocurre sin embargo que, una vez alumbrada la obra, no tengo el mismo nivel de motivación para completar la parte más tediosa del itinerario: Mover el material, escribir a las editoriales, reunirme con productoras, hacer el pitch, rellenar decenas de formularios para presentar la obra a no sé qué subvención, o a no sé qué concurso.

Incluso cuando uno tiene la suerte de encandilar a un editor o a un productor, los engranajes siguen girando con lentitud desesperante. El vía crucis que atraviesan la mayoría de los proyectos creativos en este país antes de ver la luz es desgarrador. Cada vez que veo empezar una película española con esa retahíla interminable de logotipos de productoras, instituciones, fondos de ayuda, etc. me entran ganas de abrazar al productor y ofrecerle todo mi consuelo.

Pueden pasar meses o incluso años desde que terminaste de escribir esa historia que querías compartir con el mundo, hasta que el mundo, finalmente, puede acceder a ella. Para entonces es muy posible que haya caducado el mensaje que querías transmitir, o el sentimiento que te impulsaba a transmitirlo. O puede que hayas caducado tú.

Las veces que me ha tocado “defender” una creación mía que llega al público por los “cauces tradicionales”, ha transcurrido tanto tiempo entre mi escritura y esa presentación en sociedad que la persona que soy cuando me toca venderlo ya no es la persona que se sentó a teclearlo.

Por eso, de un tiempo a esta parte, los puntos G de mis musas son estos:

twittear
facebook publicar
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Varias veces al día me pregunto si no estaré “tirando a la basura” ciertas ocurrencias por el simple hecho de convertirlas en material de redes sociales en vez de amasar con ellas una bola de estiércol que poder colocar en algún sitio más vistoso. ¡Si incluso invertir media mañana en preparar este post que no leeréis hasta la semana que viene me parece exasperante! Tengo un diablillo en mi hombro izquierdo susurrando todo el tiempo que me deje de blogs y lo recicle en un hilo de Twitter.

Me pregunto también cuánta gente con más talento que yo estará dejando de cocinar a fuego lento recetas memorables; cuánta gente seducida por la velocidad de este microondas gigante en el que vivimos, y para el que vivimos.

No obstante, cuando me da por buscar respuestas a esas preguntas no me nace ponerme especialmente conservador. Creo firmemente que el ser humano, como animal que es, tiene no sólo la capacidad de mutar, sino la obligación de hacerlo. Esos procesos de evolución son tan lentos que corremos el riesgo de frustrarnos al no asumir (ni descubrir) que estamos pasando nuestra vida entera en el interior de una crisálida. De hecho, es probable que TODA la historia de la vida en el planeta Tierra no sea otra cosa que el lentísimo avance de una crisálida continua, ininterrumpida, interminable.

De un modo u otro, el sentido y el propósito de cualquier proceso evolutivo se suele apreciar mejor con la perspectiva que otorga la distancia. Me imagino a un montón de simios hace millones de años, riéndose del primero de ellos que nació con pulgar oponible: ridiculizándolo, estigmatizándolo. Las cualidades que nos abren las puertas del futuro no siempre son bien vistas desde las ventanas del pasado.

Ahora hago un salto de unos cuantos milenios y me imagino al primer ser humano que escribió una novela. Me imagino a su entorno circundante instándole a que no perdiera el tiempo con esa tontería. Que lo invirtiese en una epopeya en verso o en un auto sacramental. Bien sabemos que hasta tiempos muy recientes la novela se consideraba un arte menor, y leerla una pérdida de tiempo o, como mucho, un guilty pleasure. El discurso que predominaba alrededor de ese género literario – o el que predominó siglos más tarde alrededor del cine, durante sus albores – es similar al de quienes hoy día tildan de mamarrachos a gamers, a youtubers o a personas que “pierden el tiempo” en las redes en vez de hacer algo productivo (como una novela, o una película).

Si McLuhan siguiese con vida, probablemente anunciaría que en poco más de 600 años, con algunos hitos intermedios, hemos pasado de la Galaxia de Gutenberg a la Galaxia de Zuckerberg. Aunque aún no lo queramos asumir, aunque seamos un poco como el Bruce Willis de El Sexto Sentido, los viejos códigos tendrán que hacerse a un lado y dejar paso a otras formas de expresión, a otras maneras de comunicar. Cuando uno entra en un bar, los parroquianos “de toda la vida” suelen estar apilados en una esquinita de la barra.

No es la primera vez que hablo aquí sobre la convivencia de los dos grupos de homínidos que mejor conocemos: Los cromañones (que en gran parte somos nosotros mismos) y los neanderthales. Hoy día empezamos a sospechar que maravillas como las de Altamira, cuya autoría adjudicábamos a los cromañones, probablemente fueron obra de neanderthales. Sin embargo, a pesar de su sentido de la belleza, a pesar de la riqueza de su mundo espiritual, los hombres de Neanderthal se extinguieron dejándole el testigo, puede que a regañadientes, a los de Cromañón. Puede que el homo sapiens actual ganase esa batalla simplemente por el hecho de reproducirse más rápido y adaptarse mejor a los cambios de su entorno, que es justo lo que hacen quienes se zambullen en las redes sociales de este presente nuestro, que acaso será la prehistoria de otros mundos.

Comentan que cuando Pablo Picasso vio por primera vez las pinturas de Altamira, murmuro que a partir de ahí, todo había sido decadencia.

Pero esa decadencia, a la larga, nos trajo a Ray Bradbury.

Ahora, en un alarde de incoherencia, me marcho a seguir trabajando en mi próxima novela.

¿QUÉ QUERÉIS? (HAY VIDA MÁS ALLÁ DEL CINE Y DE LA TELE)

18 enero, 2017

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

El otro día asistí a esa master class de John August que pudimos disfrutar gracias al titánico curro de los compañeros de ALMA.

August empezó por lo más básico, por una de esas cuestiones que todos sabemos pero que a veces olvidamos: Que el motor de casi cualquier historia se puede concretar en una palabra.

QUERER.

¿Qué quiere el personaje a corto y largo plazo? ¿Qué quiere su antagonista? ¿Qué quiere el propio guionista cuando escribe esa historia? ¿Qué quiere o espera el público cuando la consume?

Yo hoy no me he propuesto hablar de historias. Me apetece trasladar esa cuestión a nosotros mismos, los escritores. ¿QUÉ QUEREMOS hacer con nuestras carreras?

En cierto modo, nos condicionan (o nos condicionamos) para asumir que sólo existen unas pocas opciones a nuestro alcance. Sin embargo, del mismo modo en que existen más colores de los que se aprecian en el arcoiris, del mismo modo en que no existe un solo “color rojo” sino distintas tonalidades de rojo… existe también vida más allá de ser guionista de cine, de series, de radio o de programas.

El 90% de la humanidad se divide en:

– Gente que no sabe lo que quiere.

– Gente que se autoconvece de que quiere lo que cree que la sociedad espera de ella.

Como en cualquier otro aspecto de la vida, los guionistas a menudo nos sentimos obligados a meternos en un redil, encajar en una categoría concreta. Y habrá a nuestro alrededor mucha gente dispuesta a encasillarnos en dicho redil y a ponernos todos los obstáculos imaginables para que no podamos salir de él.

Ese guionista es de ficción.

Ése es de programas.

Ése es de dramas.

Ése es de comedia.

Ése escribe para niños.

Ése para adolescentes.

Te guste o no, es totalmente comprensible que sólo te llamen para currar en terrenos en los que has demostrado funcionar correctamente. Nadie quiere correr riesgos innecesarios en un ecosistema en el que todos los rediles están repletos de candidatos muy válidos.

No obstante, como decíamos al principio, tampoco tenemos siempre la suerte de saber qué queremos hacer exactamente. ¿Por qué?

1- Las personas somos cambiantes. Lo que quieres hacer hoy no es necesariamente lo que querrás hacer mañana.

2- En ocasiones, lo que quieres hacer no encaja en etiquetas previas. No lo ha inventado nadie todavía, o es un híbrido entre distintos rediles, distintas etiquetas.

Con respecto al primer caso, no siempre es así. Hay gente que siempre es feliz haciendo lo mismo. Largometrajes hasta que se mueran. Reallities hasta que se mueran. Comedia hasta que se mueran. Terror hasta que se mueran. Morir hasta que se mueran. Una parte de mí les envidiará hasta que se mueran.

Con respecto al segundo caso, todos conocemos a alguien a quien le gusta la fotografía… pero también le apetece pintar… y a veces se siente escritor, pero no del todo… y le seduce el cine, pero no lo vive tan intensamente como un cineasta de pura cepa… Si obligásemos a todos los que son así a decantarse por algo concreto, quizá no habría existido Andy Wharhol.

Si resulta que algunos días te apetece ser artista y otros días te apetece ser científico, no te preocupes: También le pasó al alto de “Faemino y Cansado”, a Brian May, a Michael Crichton o a Leonardo Da Vinci.

Si no encuentras habitación a tu gusto en el catálogo de rediles convencionales cambia de gremio, o márchate a otro país, o inventate un gremio nuevo, o un nuevo mundo.

En esta segunda década del siglo XXI, quienes no encajamos en ningún redil durante demasiado tiempo estamos de suerte. Las nuevas tecnologías han abierto mil nuevos caminos y bla bla bla. ¡Aparecen de repente tantos terrenos vírgenes para el contador de historias! Ahora cualquiera de nosotros puede ser un nuevo Hernan Cortés. A ser posible, matando a menos gente que Cortés, y sin que ello nos quite lo valiente.

Si las vías clásicas de creación, financiación o distribución no riman contigo, puedes abrir tus propios caminos en la jungla, a golpe de machete. Es por ello que para terminar (o para empezar) os dejo aquí una lista de alternativas, senderos por los que alejarse de los engranajes y endogamias de nuestro sector, por los que abrirse camino más allá del cine, de la tele y de la madre que los parió.

– Guión de videojuegos.

Empiezo por ésta porque es una de las salidas más obvias. “El futuro son los videojuegos”, proclaman algunos sin saber que en realidad los videojuegos son el presente, y nosotros el pasado.

Se podrían sacar a colación cien mil ejemplos. Me limitaré a volver a enlazar esta entrevista que le hice en su día a Alby Ojeda, guionista y diseñador de videojuegos que, de hecho, me ha ayudado a seleccionar muchos de los enlaces que os ofreceré a continuación.

– Realidad virtual.

La otra opción de la que todo el mundo habla, aunque a la hora de la verdad son pocos los que se atreven a acomodar (o incomodar) su mente para adaptarse a las exigencias narrativas de este nuevo formato.

Hace un par de años hablé aquí sobre ello vaticinando que la realidad virtual era el futuro inmediato. Me equivoqué. Seguimos esperándola. Sigue siendo embrionaria, pero muy prometedora.

Los poquísimos escarceos que he tenido con esa tecnología me llenan de euforia porque

a) Las sensaciones que provoca son impresionantes.

b) Sigue siendo uno de esos terrenos deliciosamente vírgenes. Sobre todo en lo que a narrativa se refiere.

Aquí en España tenemos, por ejemplo, desarrolladores de VR como Future Lighthouse, responsables, entre otras cosas, del capítulo de realidad virtual de El Ministerio del Tiempo y otras sorpresas interesantes que están por venir.

Yo aún no he visto inventada la “piedra filosofal” de la Realidad Virtual: Esa historia que sólo se podría contar en VR y de ninguna otra manera. ¿Quién sabe? Igual es que no existe, o igual la descubrís vosotros.

– Juguetes electrónicos.

Dicen que los niños, en sus primeros años, necesitan interaccionar con juguetes físicos para desarrollar bien su cerebro, pero no nos engañemos: Un bebé de principios del S.XXI aprenderá a manejar una tablet antes de abandonar la cuna.

Los juguetes electrónicos ayudan a que el niño se divierta usando esas nuevas tecnologías de una manera constructiva. Aplicaciones que enseñan al niño a escribir, o reconocer los animales y saber qué ruidos hacen… o incluso adaptar a formatos jugables los contenidos curriculares de los colegios, como hacen en la colección Tiny Beasts, también guionizada por Alby Ojeda.

De hecho, más allá de tecnologías concretas, hay una tendencia cada vez mayor a “gamificar” cualquier tipo de experiencia. ¿Qué es gamificar una actividad? Convertirla en algo jugable. Se ha comprobado que afrontamos las cosas con más motivación cuando las consideramos un juego: Rendir en una empresa, mejorar en una terapia de salud o ir al gimnasio. La reciente (y creciente) moda del crossfit, por ejemplo, se basa en eso: Convertir la obligación en juego.

“¡Que viene el avioncito!” y el bebé se traga la cucharada del potito.

Nadie mejor para inventar un juego que un contador de historias. Aunque la mayoría de los contadores de historias hayamos olvidado en algún punto del camino que las cosas que ahora hacemos por trabajo… al principio también las hacíamos como juego.

– Youtubers.

Esta salida es aún más obvia que la de la realidad virtual o la de los videojuegos. O tal vez no, porque:

No todos los escritores sirven para ser youtubers. No es lo mismo desnudarse/disfrazarse en un papel que desnudarse/disfrazarse ante una cámara.

Aunque:

Si todo evoluciona como debe (porque así evolucionan las metástasis) en breve habrá guionistas escribiendo lo que diga el youtuber de turno, y habrá quizás algo muy triste en ello: La espontaneidad suicidándose en streaming.

No descartemos tampoco que ya existan guionistas escribiendo para estrellas del YouTube, del mismo modo en que los hay escribiendo para Bertín Osborne. De hecho, me consta que algunos libros de youtubers están escritos en realidad por guionistas profesionales, aunque no pienso dar nombres, ni sé si deben hablarse estas cosas en voz alta.

No voy a recurrir a ejemplos de youtubers como el Rubius u otros fenómenos de masas. Me vienen a la cabeza algunos menos reconocidos pero igual de maravillosos, como éste, o éste, o éste, o éste:

También hay viners, instagramers y gente que te manda whatsapps o te invita a eventos en el Facebook. (lo menciono rápido porque ellos lo cuentan rápido, pero ojo: también hay algo ahí)

– Las putas webseries.

En efecto: Otra salida obvia. Incluso más obvia que videojuegos, youtubers o cortadores de césped. He tardado tanto en mencionarlas para no espantaros demasiado pronto.

La pereza que me produce hablar de webseries es casi la misma que os produce a vosotros leer sobre ellas. Nadie puede culparnos. Si alguien nos dice “serie de internet” nos viene a la cabeza la típica webserie que infesta las redes: Esa comedieta modernita y ligera que nos hacía tanta gracia cuando se empezaron a poner de moda las webseries… hace casi diez años.

Personalmente creo que el formato webserie puede dar más de sí, y a veces lo demuestra.

Acaso somos los propios creadores quienes minusvaloramos el formato. A veces pienso que relegamos la ficción de internet a comedias facilonas porque las webseries se suelen hacer con poco presupuesto y lo cómico sirve de coartada para la cutrez, enmascarándola como el adobo a la carne de mala calidad.

Echo de menos más webseries de drama, de thriller, de terror, de ciencia ficción, de artes marciales… Estoy seguro de que las hay, pero no nos vienen a la cabeza cuando pensamos en “el concepto webserie”. A estas alturas del siglo XXI tengo la impresión de que, cuando alguien dice “serie web”, nos viene automáticamente a la cabeza un plano fijo con dos actores, un sofá y mucho atrezzo de colorines comprado en los chinos.

Craso error.

Merece la pena pensar “fuera de la caja”. En un país en el que se ha podido hacer una serie como MALVIVIENDO deberíamos ser un pelín más ambiciosos en los conceptos, en la realización, en TODO.

– Escribe libros de una forma distinta.

No pienso hablar en este post sobre escribir novelas o pergeñar microteatros. Esos rediles ya están superpoblados. Se escriben más libros de los que se consumen, y aunque no soy de esos agoreros apocalípticos que profetizan la extinción inminente del libro de papel, creo que tampoco perdemos nada adaptando la literatura a las nuevas tecnologías.

Hace poco me enseñaron un ejemplo maravilloso: HOOKED. Se trata de historias escritas para público adolescente y en formato chat. La gracia del asunto reside en que cada equis tiempo el lector se tropieza con un clifthanger y se le presentan dos opciones: Esperar 40 minutos para seguir leyendo… o efectuar un micropago. Un sistema similar al de juegos como Candy Crush. Al parecer, la aplicación ya tiene casi dos millones de usuarios.

Otro ejemplo de experimento tecnológico-literario lo ha llevado a cabo recientemente El Hematocrítico. Hace unos días lanzó esta maravillosa iniciativa, LEGENDS OF HEMATO. Consiste en ir tuiteando una historia pero al final de cada tweet el autor nos ofrece una encuesta para que, de forma interactiva, los lectores elijan cómo continuar la historia. Las opciones más votadas marcan el rumbo de la trama.

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Y así todo el tiempo.

– Realidad aumentada.

Bienvenidos a una era en la que la ficción puede dialogar con el mundo real. Algo que todos pudimos comprobar recientemente, con la fiebre de los Pokemon. En esa misma línea pero con historias más complejas, tenemos INGRESS:

Las posibilidades que ofrecen estas nuevas mecánicas son variadísimas. Ya se ha empezado a aplicar también con fines turísticos. Imagina visitar una ciudad y poder ver, a través de tu pantalla, a un guía que te va señalando los sitios importantes, o cómo eran esos sitios en el siglo XIV… o mejor todavía: imagina que usas esa tecnología para contar en tu propia ciudad… una historia distinta a la de tu propia ciudad. Una historia inventada por ti.

Aquí os dejo una lista de juegos de realidad aumentada, y si queréis una experiencia similar pero no os apetece ver muñequitos en vuestro teléfono móvil, probad el Geocaching.

Me debo estar dejando muchas opciones en el tintero, y eso es lo bonito: Las posibilidades son casi ilimitadas.

Y si no te gustan demasiado las nuevas tecnologías, si eres de los que prefieren el papel, el contacto humano, los instrumentos tangibles… no te preocupes. También existen trabajos alternativos para ti. La saturación tecnológica que estamos viviendo ha resucitado costumbres del siglo pasado. Aunque algunos no lo crean, son muy buenos tiempos para cuentacuentos, juegos de mesa, juegos de rol, libros de “elige tu propia aventura”… y algunas otras cosas de las que os hablaré en el próximo post.


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